Asalto y muerte en el Capitolio

Sáb, 01/16/2021 - 18:03 -- alerta
Jorge Smith Maguiña
 
por Jorge Smith Maguiña; kokosmithm@hotmail.com
 
17-1-2021
 
 “Mira CNN” fue el lacónico mensaje que me envió el miércoles 6 de enero, a eso de las 2 pm un amigo que vive en Filadelfia. El siempre me sugiere, de tiempo en tiempo, ver programas que aparecen en la televisión norteamericana. Si es algo en CNN, no suelo ver su sugerencia inmediatamente, sabiendo que lo que presentan en esa cadena lo repiten varias veces. Pero habiendo ya terminado de almorzar, opté por hacer lo sugerido por mi amigo.
 
Lo que vi me parecía poco creíble. Creí al inicio que era un documental o algo por el estilo, pero segundos después, vi que en la pantalla decía LIVE, o sea en vivo y en directo. Algo confuso, me senté a ver lo que estaba pasando y dentro de mí me dije “Whhaaaattt”.
 
Mientras veía las imágenes de lo que acontecía, una más sorprendente que la otra, pasaron por mi memoria, muchas vistas ligadas a la historia, sobre todo aquellas de días precisos que han marcado la historia. Por haberlas visto varias veces las tenía presentes. Comenzaron a desfilar, algunos grabados de la época, de grupos de ciudadanos franceses dirigiéndose por las calles de París hacia la prisión de la Bastilla en 1789, recordaba también las imágenes en blanco y negro de películas sobre la toma del Palacio de Invierno en San Petersburgo, durante la Revolución de Octubre de 1917 en Rusia y otras que hace más de treinta años había visto en la televisión, de ciudadanos de Alemania en 1989, parados sobre el muro de Berlín, destruyendo simbólicamente con un martillo, partes del muro que por más de 25 años había dividido su país en dos.
 
Esta vez era algo mas inédito aún. En pleno siglo XXI, con fondo de pandemia, se estaba tomando por asalto, el sagrado recinto de las leyes, el Capitolio de Washington, el corazón de la democracia del pretendido país mas poderoso del mundo. Tomado por asalto y sin mayores resistencias por una variopinta horda de fanáticos del presidente Trump, a los cuales algunas horas antes, los había arengado a dirigirse al Capitolio, cuando la  turba enardecida lo escuchó en las afueras de la Casa Blanca. El país que durante décadas ha pretendido poner orden en todo el mundo, diciéndole qué hacer y qué no hacer, a quién poner y a quién sacar del poder, en repúblicas bananeras de toda calaña, estaba frente a nosotros sin capacidad de defender a su institución mas importante. Ni qué decir que en el Kremlin y en Beiging, sus respectivos  gobernantes deben haber estado festejando con champán, esa ironía de la historia que se estaba produciendo en tiempo real. Al país que le encantaba mandar en corrales ajenos, no podía poner orden en su propio gallinero.
 
Lo que se veía en la televisión era un espectáculo surrealista. Vi cómo en el momento en que la horda entró a la hermosa Rotonda del Capitolio, que he visitado varias veces, en pocos minutos el lugar parecía algo así como el escenario de una pollada de fumones o consumidores de estupefacientes, ataviados con las vestimentas más estrafalarias, algunos con pinta de cavernícolas, en medio de los cuales resaltaba la de un sujeto, cuya foto después dio la vuelta al mundo. El tenía el rostro pintado con los colores de la bandera de los Estados Unidos y la cabeza adornada por dos cuernos. En otra circunstancia hubiese parecido que el Congreso habiere prestado la Rotonda para una fiesta carnavalesca de disfraces, una especie de Halloween, para un evento benéfico o que el lugar no era la Rotonda del Capitolio, sino un ambiente en forma de rotonda de algún hospital psiquiátrico. Pero no. Era el Congreso de los Estados Unidos.
 
Después de caminar los dos kilómetros que separan la Casa Blanca y el Congreso, la horda había llegado al Capitolio y sorteado los diversos cordones de seguridad y ya se encontraba adentro. Pero no les bastaba estar en la Rotonda, querían dirigirse a la misma sala de sesiones, tomarla por asalto. Para eso tenían que entrar por diversos corredores y en algunos casos subir algunos pisos.
 
Estas cosas simplemente no ocurren todos los días, pues a nadie en los últimos 200 años, se le hubiese ocurrido tomar por asalto el Capitolio. Parecía por lo mismo algo absurdo, irracional e inconcebible lo que estaba aconteciendo. Por lo mismo, algunos testimonios indican que el personal de seguridad del Capitolio, ni siquiera sabía dónde encontrar las llaves para cerrar herméticamente las diferentes entradas que daban a la sala de sesiones, al hemiciclo. Por las imágenes visuales, vemos que el personal de seguridad que estaba adentro, tuvo simplemente que empujar gigantescos escritorios de madera para ponerlos delante de las puertas de entrada a la sala de sesiones. Todo eso en medio de un espectacular caos. Felizmente antes que la horda llegase allí, ya habían logrado evacuar a los congresistas en uno de los sótanos del congreso. Fue una cuestión de minutos. Si la horda entraba cuando los congresistas estaban todavía en el hemiciclo, la situación hubiese podido ser trágica y con consecuencias fatales. El suceso era por lo demás grave pues dos de las personas que había que evacuar eran nada menos que el vicepresidente de los Estados Unidos, Mike Pence y la octogenaria presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi. Ella estaba a salvo, pero nada impidió que la turba de salvajes entrase a su oficina personal y hay fotos de un sujeto sentado en su propio escritorio. Las fallas en la seguridad fueron por lo mismo absolutas e inexplicables por cualquier lado que se las mire. Después se encontró que la turba tenía fuera del Capitolio todo un arsenal de material para hacer cocteles molotov y diversos tipos de armas. De haber hecho explosionar algo dentro del edificio del Congreso, los resultados hubiesen sido muy costosos en vidas humanas, pues la reacción del personal de seguridad que estaba armado hubiese tenido una respuesta menos pasiva y más violenta hacia la turba y la pérdida en vidas humanas hubiese sido incalculable.
 
Esta caótica turba tenía un mínimo de organización para lograr lo que logró, como era el de tomar por asalto el Congreso, pero ya adentro, no sabía en realidad lo que quería hacer. Prácticamente no hubo resistencia por parte de la policía o el personal que resguarda el Capitolio, por lo mismo pudieron entrar a la oficina de la presidenta y si entraron allí, es evidente que hubiesen podido entrar a cualquier otro lugar. Si hubiese habido intenciones precisas y bien planificadas por parte de estos energúmenos, sin duda hubiesen directamente ido a las oficinas de la Comisión de Defensa y haber extraído computadoras o material valiosísimo, como la elaboración de los presupuestos de defensa y otra información  confidencial que atañe la seguridad del Estado o las fuerzas armadas. La imaginación no les dio para tanto a estos sujetos. Digo sujetos pues me es difícil encontrar un adjetivo para definir el perfil de aquellos que tomaron por algunas horas por asalto el Capitolio. ¿Eran fanáticos políticos? ¿Eran gente poseída por un idealismo perverso de extrema derecha? ¿Eran anarquistas? ¿Habían sido adiestrados por alguien?.
 
Sin duda los estudios que aparecerán en los próximos años analizando lo ocurrido, las novelas que se escribirán sobre este penoso acontecimiento, describirán mejor que lo que podría hacerlo, qué es lo que tenían en la cabeza quienes perpetraron el asalto o qué tornillos les faltaban a quienes se prestaron para esta grotesca aventura con fondo de pandemia, que al final se convirtió en fiesta trágica, pues hubieron fallecidos y hasta después, por lo que se sabe, un suicidio también.
 
La primera víctima por herida de bala dentro del Capitolio, fue una joven de 35 años, Ashli Bobbitt, retirada de la fuerza aérea de los Estados Unidos, que había venido desde San Diego (California) a Washington, que es como venir de Buenos Aires a Lima para participar a un mitin. Esa decisión de venir desde tan lejos hasta Washington era signo de la veneración que tenían personas como Ashli hacia Trump y nos da una idea del tipo de fanatismo, que ha sido capaz de producir el trumpismo en estos cuatro años de aquelarre, que han debilitado en mucho, las instituciones de los Estados Unidos, abriendo brechas interraciales que tomarán decenios en cerrar y también deteriorando diversos consensos y lazos que tenía Estados Unidos con sus aliados en el mundo occidental. Trump deja un legado errático y fatal. El quizás no vuelva a la arena política si avanzan las acusaciones de impeachment, pero el trumpismo ya irrumpió en la política norteamericana y ya llegó  para quedarse. Así como así,  los más de 74 millones de votantes que logró Trump en las elecciones de noviembre, no van a retornar a la razón o a un mínimo de ecuanimidad. La prueba es que después de los acontecimientos del Capitolio, dos tercios de los congresistas de Trump siguen leales a él. Puede parecer delirante, pero Trump se ha generado en pocos años una lealtad por parte de sus militantes, que hubiese soñado tener cualquier político populista después de varios decenios. Creo que ni los peronistas más fervientes en el caso de la Argentina, ni los apristas en el caso del Perú, han logrado en tan poco tiempo endiosar a su líder como lo logró Trump, en solo casi 4 años en el poder.
 
La convocatoria para el encuentro en Washington y la posterior marcha del miércoles 6 al Capitolio, no había sido improvisada y se había cocinado desde hacía semanas pues ese día se iban a reunir ambas cámaras para ratificar la elección del candidato Biden como presidente de los Estados Unidos. La reunión del Congreso, era en otros tiempos una mera formalidad. Los fanáticos de Trump, veían sin embargo esa fecha como la última oportunidad, para en su ingenuo delirio, querer devolverle al presidente Trump, una elección que sus fanáticos, a pie juntillas, creían que se la habían arrebatado a su presidente.
 
Ahora que, una semana después de los hechos, ya hay muchos detenidos, se puede saber que había en la turba que asaltó el Capitolio, especímenes de todo pelaje, como para llenar varios zoológicos. Ultras políticos de todo tipo, desde los adeptos del movimiento Qanon, formado básicamente por militares retirados, los Proud Boys, los supremacistas blancos, todos los subproductos de Tea Party, los nostálgicos de los Estados Unidos antes de la Guerra Civil que ese 6 de enero, se paseaban dentro del Capitolio con la bandera de la Confederación. Era un espectáculo penoso, sin pies ni cabeza. Cada uno de estos grupos tiene una ideología trasnochada, cada cual más derechista que la otra, lo cual por último es irrelevante, lo grave es que son opciones políticas que no tienen nada que hacer con la realidad, ni la de los Estados Unidos, ni la de ningún lugar. Son ideologías, que son una especie de arroz con mango aderezadas hábilmente con teorías de la conspiración que pululan hace buen rato en los medios ultraderechistas y que Trump con hábiles asesores, logró vehicular a través de las redes sociales, poniéndose él, y solo él, como el mesiánico representante de soluciones mágicas y para difundir las cuales, en forma complaciente, se prestaron las grandes plataformas de las redes sociales, hasta darse cuenta demasiado tarde que habían permitido la creación de un monstruo.
 
Minutos antes de las 3 pm de ese día, un grupo de insurrectos trató de entrar a un corredor del Congreso. Al otro lado de la puerta de entrada, había personal de seguridad con las armas desenfundadas. Ya la luna de la puerta estaba rota y se disponía a entrar la horda de insurrectos. La filmación muestra alguien que aparece a la mano izquierda del otro lado de la puerta, sale y dispara. La bala impacta en el cuello a Ashli Bobbitt. Hay sorpresa y se la ve a ella en el suelo y que comienza a sangrar profusamente y se sabe que es sacada apresuradamente por los paramédicos y muere en el trayecto al hospital. Es la primera víctima de esta fiesta trágica. Ella había servido casi 14 años en el ejército norteamericano, mas de 10 años en la fuerza aérea y había estado en diversos operativos en el medio oriente. Ahora se sabe que era un poco indisciplinada e irreverente, pero si duró 14 años en el ejército es porque era una profesional. Durante el tiempo que ella trabajó como militar, estuvo incluso en la zona de Washington, como parte de una de las patrullas policiales encargadas de defender el Capitolio. Esta vez por esas vueltas que da la vida que ahora se encontraba en el otro campo. ¿Que puede haber llevado a esta joven mujer, formada e informada, de porte atlético como toda militar, de una salud sin duda perfecta como la que requiere un piloto de la fuerza aérea a ocurrírsele estar en un asalto al Capitolio?. ¿Qué la llevo a entrar en una espiral ideológica así? ¿Que la llevó a una situación suicidaria en la cual perdió la vida? Ella sabía que sobrepasado un límite en estas operaciones de asalto, quienes defienden la ley, atravesado un cierto umbral de disuasión, tienen todo el derecho de disparar a matar.
 
Cuando se analizan los mensajes que Ashli escribió antes de dirigirse a Washington y ese mismo día, se nota que ella estaba en un estado de excitación creciente de poder participar en esa marcha, como el nerviosismo febril de alguien que va a participar en un concurso olímpico.
 
Todos los idealismos políticos, tienen un elemento de carga emotiva e irracional, que a veces es posible comprender desde una perspectiva psicológica, pero que nadie tiene derecho de condenarlos desde una perspectiva moral, pues el querer hacerlo, es creer ingenuamente que uno puede situarse en una torre de observación mas allá del bien y del mal.
 
Lo que sí no se puede dejar de denunciar, es la increíble habilidad de líderes populistas que están apareciendo en el mundo moderno, y Trump hasta la caricatura es uno de ellos, que saben manejar resortes emotivos e irracionales, con ideas simplonas con las cuales se logra fanatizar ingenuos. Lamentablemente en eso las redes sociales, han tenido y siguen teniendo una función tóxica, cuyas consecuencias hoy en día son difíciles de evaluar. Está apareciendo desgraciadamente, una nueva especie de político sin escrúpulos, que no ha seguido ninguna línea de carrera, que le permita comprender lo grave y complejo que son los niveles de decisión en el campo político y los impactos diversos que tiene una decisión de alguien que está en un puesto de poder. En la población, fruto de la ignorancia y la desinformación, hay incluso una gran complacencia que se está instaurando, sobre el hecho de creer que una persona que posee tal o cual atributo, que no tiene nada que ver con la habilidad política, gracias a dicho atributo, amerita ser líder o puede ser receptor del voto ciudadano. De Trump, sabemos que en un lapso de tiempo cortísimo, se incrustó en un mundo político tan exigente como el de los Estados Unidos, donde la línea de carrera cuenta, donde es difícil ser candidato a la presidencia en dicho país, si no se ha sido congresista, senador o gobernador de un estado. El criterio actual es, en la atmósfera de populismo creciente en la que aparece Trump en el escenario político: “Es billonario. Sabe hacer dinero y por lo mismo es un gran líder”.
 
Estamos viendo las consecuencias de esto. La forma desastrosa como ha manejado la pandemia, la ruina que ha dejado en la política exterior y esta mancha negra que es el haber arengado la toma del Capitolio. Definitivamente es el peor presidente de los Estados Unidos en toda su historia.
 
En otros contextos y con otras formas esta obtusa mentalidad está apareciendo por todas partes. Hace unos días conversando por separado con dos amigas, les pedí que me diesen su opinión sobre algunos de la veintena de candidatos que se presentarán en las próximas elecciones en Perú. “Tal y cual candidato seguro pasarán a segunda vuelta” me dijeron por separado. El argumento que me dieron fue: “porque son los mas guapos. A los electores y sobre todo a las votantes, les gustan los candidatos guapos.” Frente a tal nivel de argumentos, preferí cortar en ambos casos la conversación en seco y hablar de otros temas. Pero no puedo dejar de expresar ser testigo de tanta ingenuidad, por no decir estupidez. Rememoré mentalmente a los últimos presidentes de Perú y dije para mí “pucha, yo no me había dado cuenta que Fujimori, Toledo, Ollanta Humala y Kuckinsky eran guapos”. Debe ser una teoría válida me dije, que algunos genios están elaborando y que los nuevos tratados de ciencia política incluirán en un capítulo que llamarán: “Los guapos al poder”.
 
El populismo es nocivo, tóxico e inconsistente. La desgracia causada por alguien como  Trump a un país como los Estados Unidos, con una póstuma cereza en el pastel como lo fue el asalto del Capitolio arengado por él, aquel día de la bajada de reyes, debe llevarnos a la reflexión. Sin olvidar también esa vida truncada a los 35 años, como lo fue la de Ashli Bobbitt, cuyas convicciones sin duda eran confusas pero sinceras y que merecía otro destino, que aquel triste y trágico que se cruzó y terminó con su vida, en un corredor del Congreso el día del asalto del Capitolio.