
Informe
Señal de Alerta-Herbert Mujica Rojas
25-7-2026
¿Utopía de nuestros burros políticos?
En Perú, la utopía fundamental, cuasi única, indesdeñable y obligatoria, debiera ser que todos comieran, se vistieran y trabajasen en términos dignos, decentes, hábiles de soportar la forja de una Nación moderna, revolucionaria con ideas soliviantadoras de la imaginación y capaces de reivindicar nuestro antaño papel de liderazgo en Latinoamérica. Los incas lo hicieron y construyeron un espacio geopolítico con impronta hasta nuestros días.
¿En qué utopía piensan nuestros burros políticos? Mejor dicho: ¿tienen alguna, a excepción de cobrar buenos sueldos, disfrutar de privilegios y que les digan doctores mañana, tarde y noche?
Un análisis elemental pareciera indicar la carencia de utopías. Nada de nada. Más allá del dicterio o la zalema indigesta, no hay debate, confrontación de ideas o arquitecturas que promuevan al ciudadano como prioridad fundamental del quehacer estatal y a la empresa, en sus múltiples variedades, como generadora de fuentes de trabajo y de recursos para las familias.
La ausencia de utopía, fe en el porvenir, amanecer grandioso con el horizonte, promueve la imbecilidad a todo nivel.
Cuando la imbecilidad gobierna, cualesquiera el escenario, se goza en el detalle de cómo fue descuartizado un ciudadano y la geografía del reparto de sus miembros, ocupa a la gárrula prensa escrita, radial o televisiva. ¡Un país que se ve cautivado por la carnicería, está al borde de su falencia mental más catastrófica!
Pero la maciza realidad cotidiana con agendas llenas de bombazos, exterminios y ajustes de cuentas, en cualquier parte del país, golpea con inmisericorde dureza, acontecimientos para los cuales no hay antídoto ni cura integral desde todos los gobiernos.
Nuestros burros políticos, tan preocupados en la vestimenta y la gala, por vanidad e inconfundible estupidez propia, no alcanzan ¡ni a otear! el horizonte geopolítico. ¡Ni qué
decir de la geologística que pregona que a más armas de destrucción letal, hay que oponer carreteras de penetración, cultivos en alta escala y rentables, aprovechamiento del Mar de Grau y de nuestra múltiple y rica geografía.
Los jumentos políticos no pueden ¡tampoco! comprender cómo el 2011 el gobernante de esa fecha obsequió la soberanía aérea a Lan Chile, hoy LATAM, con segmentos de quintas libertades que han producido miles de millones de dólares a los del sur y nulidad para Perú.
Ojalá, una parlamentaria que sabe del asunto, exija aclaraciones al gobierno y a la Cancillería, ambos claudicantes en un tema de Estado.
Conozco burros políticos que se cuidan muy mucho de recordar el nombre y apellido, canal o medio de los entrevistadores que alguna vez les hicieron preguntas ¡no importa que fueran naderías de escasísima repercusión!, pero que ¡jamás! cruzan el Rubicón de sus mediocres aspiraciones más allá de una curul o un puesto rentado en el Estado.
Y estos banales con patas viven acompañados de sus egolatrías ruines que les catapultan a imaginarios planos superiores cuando apenas si son lo que llamaba con humor ácido Manuel González Prada: gorilas politicantes.
A los burros políticos NO les interesa la utopía. Carecen del elan fundamental de constructores de una nación, son la epidermis de la frivolidad y de la mira miope.
Para aquellos, definir qué clase de Estado es el que la utopía necesita para un plan nacional, en los próximos 100, es una pérdida de tiempo porque su lema dice lo siguiente: ¡cómo es la mía!
El piajeno sólo atisba la inmediatez del sueldo puntual, la figuración en medios periodísticos diciendo ¡cualquier disparate! y encoge la panza, engola la voz y se aprende letanías que farfulla una y otra vez y ¡colecciona! fotos en diarios, audiciones en radios y espacios en televisión.
Si se juntara casi el 100% de aquello, podríamos botarlo a la basura ¡y nadie extrañaría tanto adefesio mediático!
A los jóvenes toca la tarea de sacar a los burros políticos de sus madrigueras. Desalojarlos es tarea sublime y se llama recambio generacional.
Un país necesita tener utopías y encandilar con las mismas a sus espíritus más preclaros por incontaminados y honestos.
La política peruana demanda refundación desde sus cimientos más hondos. Los viejos de cuerpo y alma, han demostrado su lóbrega falencia e ineptitud.
El trance de transformar al Perú sólo podrá verificarse con ambiciones de largo alcance y por la interposición de la mano limpia, proba e impecable de una marcha al porvenir que nos debe una victoria.
Escribió González Prada: “Entonces ¿de qué nos sirven los Congresos? ¿Por qué, en lugar de discutir la disminución o el aumento de las dietas, no ponen en tela de juicio la necesidad y conveniencia de suprimirse? ¡Qué han de hacerlo! Senadurías y diputaciones dejan de ser cargos temporales y van concluyendo por constituir prebendas inamovibles, feudos hereditarios, bienes propios de ciertas familias, en determinadas circunscripciones. Hay hombres que, habiendo ejercido por treinta o cuarenta años las funciones de representante, legan a sus hijos o nietos la senaduría o la diputación.
Comadrejas de bolsas insondables, llevan consigo a toda su larga parentela de hambrones y desarrapados. En cada miembro del Poder Legislativo hay un enorme parásito con su innumerable colonia de subparásitos, una especie de animal colectivo y omnívoro que succiona los jugos vitales de la Nación”.
Cualquier parecido con los políticos burros es mera coincidencia.
Tags relacionados

Informe
Señal de Alerta-Herbert Mujica Rojas
25-7-2026
¿Utopía de nuestros burros políticos?
En Perú, la utopía fundamental, cuasi única, indesdeñable y obligatoria, debiera ser que todos comieran, se vistieran y trabajasen en términos dignos, decentes, hábiles de soportar la forja de una Nación moderna, revolucionaria con ideas soliviantadoras de la imaginación y capaces de reivindicar nuestro antaño papel de liderazgo en Latinoamérica. Los incas lo hicieron y construyeron un espacio geopolítico con impronta hasta nuestros días.
¿En qué utopía piensan nuestros burros políticos? Mejor dicho: ¿tienen alguna, a excepción de cobrar buenos sueldos, disfrutar de privilegios y que les digan doctores mañana, tarde y noche?
Un análisis elemental pareciera indicar la carencia de utopías. Nada de nada. Más allá del dicterio o la zalema indigesta, no hay debate, confrontación de ideas o arquitecturas que promuevan al ciudadano como prioridad fundamental del quehacer estatal y a la empresa, en sus múltiples variedades, como generadora de fuentes de trabajo y de recursos para las familias.
La ausencia de utopía, fe en el porvenir, amanecer grandioso con el horizonte, promueve la imbecilidad a todo nivel.
Cuando la imbecilidad gobierna, cualesquiera el escenario, se goza en el detalle de cómo fue descuartizado un ciudadano y la geografía del reparto de sus miembros, ocupa a la gárrula prensa escrita, radial o televisiva. ¡Un país que se ve cautivado por la carnicería, está al borde de su falencia mental más catastrófica!
Pero la maciza realidad cotidiana con agendas llenas de bombazos, exterminios y ajustes de cuentas, en cualquier parte del país, golpea con inmisericorde dureza, acontecimientos para los cuales no hay antídoto ni cura integral desde todos los gobiernos.
Nuestros burros políticos, tan preocupados en la vestimenta y la gala, por vanidad e inconfundible estupidez propia, no alcanzan ¡ni a otear! el horizonte geopolítico. ¡Ni qué
decir de la geologística que pregona que a más armas de destrucción letal, hay que oponer carreteras de penetración, cultivos en alta escala y rentables, aprovechamiento del Mar de Grau y de nuestra múltiple y rica geografía.
Los jumentos políticos no pueden ¡tampoco! comprender cómo el 2011 el gobernante de esa fecha obsequió la soberanía aérea a Lan Chile, hoy LATAM, con segmentos de quintas libertades que han producido miles de millones de dólares a los del sur y nulidad para Perú.
Ojalá, una parlamentaria que sabe del asunto, exija aclaraciones al gobierno y a la Cancillería, ambos claudicantes en un tema de Estado.
Conozco burros políticos que se cuidan muy mucho de recordar el nombre y apellido, canal o medio de los entrevistadores que alguna vez les hicieron preguntas ¡no importa que fueran naderías de escasísima repercusión!, pero que ¡jamás! cruzan el Rubicón de sus mediocres aspiraciones más allá de una curul o un puesto rentado en el Estado.
Y estos banales con patas viven acompañados de sus egolatrías ruines que les catapultan a imaginarios planos superiores cuando apenas si son lo que llamaba con humor ácido Manuel González Prada: gorilas politicantes.
A los burros políticos NO les interesa la utopía. Carecen del elan fundamental de constructores de una nación, son la epidermis de la frivolidad y de la mira miope.
Para aquellos, definir qué clase de Estado es el que la utopía necesita para un plan nacional, en los próximos 100, es una pérdida de tiempo porque su lema dice lo siguiente: ¡cómo es la mía!
El piajeno sólo atisba la inmediatez del sueldo puntual, la figuración en medios periodísticos diciendo ¡cualquier disparate! y encoge la panza, engola la voz y se aprende letanías que farfulla una y otra vez y ¡colecciona! fotos en diarios, audiciones en radios y espacios en televisión.
Si se juntara casi el 100% de aquello, podríamos botarlo a la basura ¡y nadie extrañaría tanto adefesio mediático!
A los jóvenes toca la tarea de sacar a los burros políticos de sus madrigueras. Desalojarlos es tarea sublime y se llama recambio generacional.
Un país necesita tener utopías y encandilar con las mismas a sus espíritus más preclaros por incontaminados y honestos.
La política peruana demanda refundación desde sus cimientos más hondos. Los viejos de cuerpo y alma, han demostrado su lóbrega falencia e ineptitud.
El trance de transformar al Perú sólo podrá verificarse con ambiciones de largo alcance y por la interposición de la mano limpia, proba e impecable de una marcha al porvenir que nos debe una victoria.
Escribió González Prada: “Entonces ¿de qué nos sirven los Congresos? ¿Por qué, en lugar de discutir la disminución o el aumento de las dietas, no ponen en tela de juicio la necesidad y conveniencia de suprimirse? ¡Qué han de hacerlo! Senadurías y diputaciones dejan de ser cargos temporales y van concluyendo por constituir prebendas inamovibles, feudos hereditarios, bienes propios de ciertas familias, en determinadas circunscripciones. Hay hombres que, habiendo ejercido por treinta o cuarenta años las funciones de representante, legan a sus hijos o nietos la senaduría o la diputación.
Comadrejas de bolsas insondables, llevan consigo a toda su larga parentela de hambrones y desarrapados. En cada miembro del Poder Legislativo hay un enorme parásito con su innumerable colonia de subparásitos, una especie de animal colectivo y omnívoro que succiona los jugos vitales de la Nación”.
Cualquier parecido con los políticos burros es mera coincidencia.


