Eduardo Bueno León, amigo, mentor, compañero

Mar, 06/01/2021 - 13:56 -- alerta
Luis Angel Bellota
 
por Luis Angel Bellota; luisangelcb@hotmail.com
 
2-6-2021
 
Con enorme pesar, me entero del deceso de Eduardo Bueno León. Una víctima más de esta maldición global llamada covid. Días atrás me participaron del quiebre de su estado de salud; una tercera persona que es usuario empedernido de las redes sociales me avisó de un extraño mensaje que el propio Eduardo había subido a su cuenta de Facebook. Con varios días de anticipación, en él se despedía de este plano existencial. No podía creerlo y lamenté mucho la noticia, pero mantuve la esperanza de que se recuperara y saliera avante. Sin embargo, su destino ya estaba echado y pocos días después falleció. En el ínterin, a la distancia y con la impotencia de no poder hacer nada más que esperar noticias suyas o elevar una oración por él, me fui enterando del acelerado quiebre de su condición física gracias a Arantxa, su hija putativa. Conmovido, mantuve informado de la situación a los amigos y conocidos en común con los que podía tener contacto. Todos lo lamentamos y todos pedimos por su salud, pero nada pudo evitar el trágico final.
 
A lo largo del último año mantuvo un perfil bajo que lo llevó a un ostracismo personal que interrumpía cuando hablaba brevemente con sus amigos. Aunque nunca me lo dijo, deduje que no pudo superar totalmente la profunda depresión que le causó haber perdido a Verónica, su amada esposa. Hacia mediados de 2017, mientras compartíamos la mesa dominical en el Salón Covadonga de la colonia Roma, Eduardo se permitió sollozar delante de mí mientras recordaba el viacrucis que vivió por el cáncer que le arrebató a Verónica. Con sacrificios de todo tipo y un  amor gigante, hizo todo lo que estuvo a su alcance para salvarla del cruel desenlace. Aunado a ello, hacia el final de su vida la situación económica no era la más boyante y el encierro debió de empeorar su estado de ánimo. Si bien la comunicación con él se tornó tan escueta como esporádica, siempre mantuvimos la franca amistad que nos unió desde hace 15 años. Un problema de orden familiar lo hizo volver de la capital mexicana, que había adoptado como suya, a su natal Lima; en los dos años previos a su regreso convivimos con más frecuencia y pude comprobar, por enésima vez, su enorme valía como intelectual. Nunca dejó de impresionarme. Un comentario suyo entrañaba un aforismo o una idea semilla para comprender algún problema de naturaleza sociopolítica. Combinaba la sociología con el análisis político de una forma extraordinaria. Gracias a él, vale decir, tuve a Eduardo Ruiz Contardo como tutor en la maestría y, a la postre, reafirmé mi vocación por América Latina. Quiero evocar su sapiencia y la pasión con la que transmitía el conocimiento. Por algo mantuvo el respeto y la admiración de quienes tomamos cátedra con él en la Universidad Iberoamericana, la unam, la Universidad Anáhuac o la Universidad del Mar. Estoy seguro que lo mismo opinarán aquellos políticos que en algún momento contrataron sus servicios.
 
Hombre de una cultura libresca y de un pensamiento crítico que no hacía concesiones con nada ni con nadie, entre los ex alumnos que le conocí y los concurrentes que asistieron a una de tantas charlas suyas y con los cuales pude platicar por alguna razón que no viene al caso, todos sin excepción, aún quienes no comulgaran políticamente con él, expresaban admiración por su esmerada preparación pero sobre todo por su impecable forma de analizar un problema político que en apariencia no ameritaba más que un comentario superficial o el típico lugar común. Sin pretensiones, puedo jactarme de haber tenido la suerte de tomar clases con él en la primavera de 2006 y luego, como oyente, en el otoño de 2007.
 
La primera materia que tomé fue Sistemas políticos y formas de gobierno contemporáneos, la segunda Cambio político. En ambas aprendí la importancia que tiene la ciencia política para los historiadores y la historia para los politólogos. Proviniendo de la licenciatura en Historia, mi acercamiento teórico más importante para estudiar la política se lo agradezco a Eduardo. De hecho, si me metí a sus clases fue por los comentarios elogiosos que hacían mis compañeros de carrera que tuvieron la suerte de haber llevado con él un curso semestral de historia contemporánea latinoamericana. Recuerdo con aprecio los apuntes interminables que debía tomar cada vez que exponía frente al salón y que fuera de él me daba a la tarea de completar durante los largos minutos –que no tardaban en convertirse en horas– mientras discurríamos en la cafetería de maestros de la Iberoamericana. Con el tiempo, esas reuniones pasaron a un ámbito más privado y lo que habían sido un par de cursos universitarios terminaron siendo charlas de amigos que parecían clases particulares de análisis político, literatura e historia reciente de América Latina.
 
Con gusto puedo presumir cuando hace varios años Eduardo Bueno comentó, emocionado, que su formación política se la debía a Víctor Raúl Haya de la Torre –a quien cariñosamente llamaba el Viejo– y que algo de ella se había colado a sus alumnos. Ergo, algunas ideas que Haya pontificó y enseñó en la Casa del Pueblo llegaron a los educandos a quienes Eduardo dictó clase varios años después de fallecido el histórico líder popular. Si Haya les metió en la cabeza a sus pupilos leer concienzudamente el periódico todos los días, uno de ellos hizo lo propio y me conminó a hacer lo mismo pues “si no lees los diarios no puedes opinar un carajo”. Hasta la fecha es un hábito que practico religiosamente y que da buenos réditos en la permanente educación cívica y profesional de quien tiene a bien hacerlo.
 
Si un eje en la vida de Haya de la Torre fue la educación de las generaciones que lo sucederían, su legado siguió rindiendo frutos gracias al tesón de quienes tuvieron la dicha de ser instruidos por él. Asumo que algo debo tener de hayista sin haber escuchado las disertaciones del fundador del apra. El fallecido tío de un amigo diplomático con el que charlé un par de veces en Lima aseguraba haber conocido a Víctor Raúl en uno de sus exilios europeos; dando crédito a sus palabras, relataba que cuando coincidieron en París las charlas de café terminaban siendo verdaderas cátedras que duraban hasta bien avanzada la mañana del día siguiente. Nadie cometía la imprudencia de interrumpirlo mientras aquél perdía la noción del tiempo hablando de arte, religión, historia, política o relaciones internacionales. Sin equiparar a Eduardo con su maestro, las muchas conversaciones que tuve con él guardaban alguna evocación o similitud con esos encuentros donde lo político, lo cultural y lo personal se entremezclaban.
  
Al leer un poco sobre la vida del personaje que ancló su biografía con el devenir político de Perú durante buena parte del siglo xx, sólo queda admiración por la entereza que tuvo para rechazar cargos, dinero y negocios con tal de mantener a flote convicciones e ideales. No amasó fortuna, pudiendo hacerlo sin mayores dificultades. Este aspecto de su vida debería servir de lección para las actuales dirigencias políticas en México y Perú; con honrosas excepciones, en ambos países hermanos la mayoría de los legisladores y cuadros adscritos al arco iris partidocrático adolecen de la cultura, la entrega y la honestidad que hicieron de Víctor Raúl una luminaria en la historia política de América Latina. La cárcel y persecución que padeció este último –así lo pienso– dejaron una enseñanza de integridad entre aquellos que encontraron en el viejo líder un canal de aprendizaje y no usaron su memoria para abusar del poder y enriquecerse sin ningún reparo.
 
Eduardo siempre consideró la corrupción como un déficit que generaba escollos en el desarrollo, la democratización y la liberación de los pueblos latinoamericanos. Por él supe, de forma más detallada, cuan abyecto fue el régimen fujimorista y cómo sus representantes se organizaron para cometer toda laya de crímenes administrativos mientras asesinaban opositores e intimidaban voces incómodas. Cuando terminó sus estudios de pregrado en España sabía que no podría andar tranquilo por las calles de Lima sí se declaraba opositor al autócrata peruano-japonés. También rechazó la opción de integrarse al gobierno que perseguía y hostilizaba a sus compañeros de partido. Así que optó por venir a México para continuar con sus estudios a mediados de los años noventa y no tardó en darse cuenta que uno de los motores del sistema político mexicano, sea el del viejo partido de Estado o el de la democracia oligárquica, es la corrupción.
 
Fue consciente que ese mal público anidaba y se reproducía entre los intelectuales y periodistas que encontraban en la cercanía con el presidente, una mina de oro. Le encabronaba que algunos colegas politólogos recibieran jugosos contratos por asesorar al gobierno con supuestos estudios técnicos que no cambiaban las cosas o fueran premiados con viajes todo pagado a congresos intrascendentes fuera del país por las propias universidades, mientras él se rompía el lomo dando clases y cursos de capacitación que apenas le daban para llegar a fin de mes. Una de sus primeras –y más negativas– impresiones sobre los intelectuales mexicanos fue el recibimiento que les dio el entonces director de la Flacso a los alumnos de su generación. Según el relato de mi antiguo profesor, el funcionario en cuestión advirtió a puertas cerradas y en tono de amenaza a los estudiantes ahí presentes que no anduvieran haciendo política “ni asomaran la cabeza en la prensa”, so pena de retirarles los apoyos y becas que recibían. Para ilustrar la insana relación entre el poder y la intelligentsia local –y de paso el autoritarismo interno que imperaba en el medio–, Eduardo contaba que ese mismo personaje sí aprovechó su posición para obtener prebendas del gobierno zedillista que por entonces hacía esfuerzos para legitimarse entre la opinión pública internacional como un demócrata que guiaría el parto de la alternancia –mientras, a espaldas del Congreso, rescataba con la hacienda pública a los banqueros que financiaron las campañas del pri en 1994–.
 
Mi amigo se admiraba del excelente nivel académico que hay en el país pero reprobaba las pésimas costumbres de sus representantes, como recibir favores de la clase política a cambio de apoyos en los medios, estudios a modo y loas ramplonas. No padeció estrecheces económicas pero sí vivió modestamente de su trabajo. Hasta donde alcanza mi memoria, tampoco le conocí lujos ni gustos exuberantes. Tratarlo como persona y no sólo como profesor me llevó a encontrar concordancias entre lo que decía y hacía. Cuando recibía un pago por alguna charla o asesoría éste era incomparable con las sumas que cobraban los escritores cortesanos de la alternancia democrática. En su haber, fueron más los servicios académicos que prestó gratuitamente que aquellos remunerados. A diferencia de las divas que habitan en el monte Olimpo de la intelectualidad, Bueno no pecó de petulancia ni se sentía por arriba de los demás gracias al amplio conocimiento que poseía. A los imbéciles que decían barbaridades en los medios los exhibía con elegancia y gran sentido del humor. Esa fue otra de sus virtudes.
 
Siendo estudiante de licenciatura varias veces me dio un raite desde lejano campus de la Universidad Iberoamericana al metro Barranca del muerto; en alguna ocasión, estoy hablando de 2008, discutimos sobre la responsabilidad que tienen los intelectuales en la ponderación de los problemas de fondo que afectan a una sociedad sin caer en el facilismo de repartir culpas políticas. Recuerdo muy bien que íbamos en su maltrecho auto sobre avenida Centenario en la alcaldía Álvaro Obregón cuando declaró lapidariamente con su acento peruano –que nunca pudo deshacerse de él–: “Eso de las consultorías es un negocio fabuloso”. La conversación abordó la corrupción de las élites académicas y repasó el ascenso de aquellos sujetos que usaban sus doctorados para impresionar políticos, endulzarles los oídos, hacerles creer que México vivía una “democracia imperfecta” –y no un régimen narco-cleptocrático– y dar consejos fútiles antes de sacarles dinero público que sólo servía para mantener su estatus de “intelectuales caviar”. No vale la pena mencionar el nombre de los aludidos, pero basta mirar la trayectoria de algunos que escriben en las dos revistas culturales más importantes, así como de aquellos que acaparan los espacios radiofónicos, periodísticos y televisivos de la opinión pública mexicana y que con un dejo de prepotencia relegan a los profesores y especialistas universitarios que sí se encierran en sus cubículos para estudiar los componentes de una realidad difícil y compleja. “Lúmpenes ilustrados”, “oráculos de lugares comunes”, “termitas del presupuesto” o “profesionales del oportunismo”, eran los términos coloquiales con los que mi maestro llamaba a los miembros honorarios de esa pequeña pero ruidosa y deshonesta minoría.
  
Una de las últimas veces que hablamos en persona recordó las figuras de Raúl Alfonsín, Fernando Belaúnde Terry, Adolfo Ruiz Cortines, Salvador Allende y otro caballero cuyo nombre se me barre de la memoria –creo que Alberto Lleras Camargo– como casos de dirigentes que, con el buen ejemplo, demostraron que sí se podía ejercer el poder sin robar. En su reflexión, que también sirvió para recordar las flaquezas de algunos de ellos y los contextos bajos los cuales gobernaron, agregaba que casi todos habían sido buenos oradores y tenían una vasta cultura; pese a que una educación escolar de calidad o una formación axiológica en el hogar no aseguren hombres de Estado químicamente puros, Eduardo pensaba que ambas podían reducir las posibilidades de que nos representasen lacras deshonestas. De los ex presidentes arriba mencionados recordaba que al pobre Alfonsín lo había imposibilitado la crisis de la deuda pero su desastrosa presidencia no fue sinónimo de saqueo cleptocrático y envilecimiento de la figura presidencial, como sí ocurrió con su sucesor. Indignado por los casos de corrupción político-empresarial que dominaron la discusión pública del Perú a raíz del escándalo desatado por Odebrecht, me acuerdo a la perfección que soltó la frase: “carajo, parece que hoy día, para ser revolucionario, basta con ser demócrata y honrado”.
 
Complejo como todos los seres humanos, también ponderaba a Fidel Castro y a Hugo Chávez. Rechazaba el discurso visceral que demonizaba a los dos y alegaba que si bien no eran demócratas consumados tampoco eran los tiranos sanguinarios que muchos incautos creen ver en ellos; a su manera, cada uno cambió para bien y para mal las condiciones de vida de sus respectivos países. En el primero cuestionaba su falta de apertura y en el segundo la incapacidad para garantizar seguridad física a la población. La corrupción impune y la espeluznante criminalidad que azotan Venezuela son dos caras de una deuda no saldada por el chavismo. Admiraba con argumentos el sistema educativo y de salud cubano y encontraba más audacia política en Fidel que en su par venezolano, aunque también puntualizaba que en el chavismo había muchas coincidencias con el programa original del primer Haya de la Torre. Asimismo reconocía el mérito del líder bolivariano para frenar la influencia yanqui en Sudamérica y el Caribe. En consecuencia, afirmaba que el diálogo entre el apra y la Venezuela bolivariana era necesario. Las circunstancias, ya lo sabemos, lo impidieron.
 
Cuando hablamos varias veces del fallecido comandante Chávez, a quien trataba de entender ideológicamente, sostenía que su gobierno no escondía la influencia del general nacionalista Juan Velasco Alvarado. “Velasco concretó el programa del apra y Chávez estuvo en Perú cuando era cadete”, dijo en una clase. Una revisión biográfica del personaje en sus años de juventud apunta en esa dirección. No es fortuito que muchos años después, cuando gobernó la nación petrolera, éste se identificara abiertamente con el velasquismo.
 
Al hacer un análisis de los populismos latinoamericanos, Eduardo hacía hincapié en que, paradójicamente, en algunos países, las reformas sociales “las habían hecho los milicos que tanto estigmatiza la izquierda”. “Léete a Ianni para que compruebas lo que digo”, remataba. No estaba equivocado pues, como bien apuntaba, “no todos eran gorilas pro-oligarcas” estilo Pinochet. Siempre hizo matices y no metía en el mismo saco a Perón, Videla y Massera. El primero distribuyó la renta como nunca en la historia argentina, el otro par comenzó un lento proceso de distribución regresiva del ingreso que, con represión y terrorismo estatal mediante, dio arranque al achicamiento de las clases medias. Cuando vayas a Argentina, me recomendó antes de cursar un semestre de la carrera en Buenos Aires, “además de degustar el Malbec y aficionarte al tango, trata de estudiar de cerca el peronismo”.
 
Fue un gran consejo que pude comprender cuando leí en los diarios el poder que tienen los sindicatos o cada vez que escuchaba los estribillos de la marcha peronista que cantaban las organizaciones adscritas al kirchnerismo. Entendí también porque el mismo Chávez, que se vindicaba peronista, fue recibido apoteósicamente por una multitud en aquel discurso en el estadio porteño de Ferro en marzo de 2007. A los pocos días hablé por teléfono con Eduardo y le conté mis impresiones del referido evento que también registraron los medios mexicanos de comunicación; en lo que fue una clase telefónica a distancia sobre el fenómeno populista, me advirtió que no me rompiera demasiado la cabeza con las nuevas elucubraciones que se hacían desde la prensa de izquierda –“mira las barbaridades que escriben con el hígado”– pero tampoco prestase atención a las reducciones caricaturescas que hacían tipos como Vargas Llosa. El alto precio de las materias primas fue aprovechado por Chávez para construir obra social, distribuir la riqueza e integrar a los sectores que habían sido excluidos de la promesa neoliberal en los años 90; esas acciones convertían al socialismo bolivariano en una experiencia más cercana al peronismo clásico que a la Revolución Cubana. Sus excesos verbales, que ciertamente lindaban en la demagogia, o el supuesto acoso que recibía la oposición golpista venezolana no alcanzaban a convertirlo en un dictador; en cambio, su antiimperialismo y la defensa de las clases trabajadoras sí lo emparentaban con Velasco y Perón.
     
En un intercambio de ideas sobre los estudios latinoamericanos, Eduardo me hizo saber que un verdadero especialista en la región no podía quedarse con lo aprendido en los libros; trátese de un economista o un historiador, es casi obligatorio tener alma de periodista para preguntar sobre todo lo relativo a la cultura, la política y la sociedad del país que se visita, ya sea por turismo o por razones académicas. En pocas palabras, sentirse tan peruano como mexicano o argentino pues, más allá de las diferencias propias de cada país, compartimos varias cosas en común que nos identificaban como parte de la historia. Es obvio que en cada charla no podía tomar nota de todo lo que decía pero sí trataba de afilar mi memoria cuando conversábamos amplia y profusamente. Sin darme cuenta, pasó de ser un excelente maestro a un gran amigo. A la larga, un mentor insustituible.