¿Tenemos Academia de la Lengua?

Jue, 06/23/2022 - 16:06 -- alerta
Joan Guimaray
 
por Joan Guimaray; joanguimaray@gmail.com
 
24-6-2022
 
En el Perú, país entrañablemente nuestro, no sólo padecemos de la crisis política, económica y moral, sino también, adolecemos de una Academia de la Lengua, aquélla que con legítima autoridad y genuina potestad nos pueda observar, sugerir, exhortar o corregir constantemente, si alteramos sus normas, si violentamos sus reglas y si no usamos con propiedad el idioma que hablamos.
 
Pues, desde que desapareció de la pantalla electrónica, esa colosal institución que era don Marco Aurelio Denegri, nos hemos quedado sin ese escrupuloso ilustrador, sin acucioso humanista, sin incisivo desrueznador, y sobre todo, sin el luminoso erudito de la lengua.
De modo que, como actualmente ya no tenemos hablando ni escribiendo a esa respetable figura iluminadora que hacía veces de nuestra escuela de idioma, ahora requerimos tener una verdadera Academia de la Lengua, a fin que ella, aparte de recordarnos las normas, las reglas, las pautas del idioma, no cese de exhortarnos para que tratemos de usarlo con un poco de corrección y hablarlo con algo de propiedad, consecuentemente, evitemos maltratarlo, violentarlo y deformarlo.
 
Ya es hora de decirlo. Pues, en el país nuestro, hasta el idioma que la mayoría hablamos, va alterándose, transformándose, desfigurándose muy velozmente, y no como parte de la natural dinámica de su evolución, sino, como consecuencia de la idiocia que padecemos y como efecto de la parda ideología que nos viene penetrando desde hace algunos años. Por eso ahora, no es posible que podamos sostener ni siquiera una conversación de cinco minutos, sin alterar el nivel de la comunicación en el que empezamos a hablar. Es decir, no podemos mantener una conversación de cinco minutos en el modo indirecto ni en la manera directa de la comunicación.
 
Basta ver la televisión y escuchar la radio, donde la mayoría de los entrevistadores y entrevistados, aparte de omitir la preposición ‘de’, de la estructura de todas las frases –como de: “es momento que alguien escuche…”, en lugar de: “es momento de que alguien escuche”–, se desgañitan diciéndose, unas veces, “usted”, y otras, “tú”.
 
Si antes enriquecíamos nuestro lenguaje, mirando a los comunicadores de la televisión, escuchando a los periodistas de la radio y leyendo a los cronistas de periódicos y revistas, más ahora, luego de verlos, oírlos y leerlos, podemos terminar balbuceando ordinarieces, mascullando sandeces, paporreando disparates. Ya que, de nuestros egocéntricos periodistas de hoy, no hay nada que apreciar, ni admirar, mucho menos aprender. La indigencia verbal de la que padecen, la carencia de cultura que muestran, la pobreza mental de la que sufren son tan evidentes, que no les extrañaríamos si las universidades cerraran sus escuelas de comunicación y sus facultades de periodismo. Pues cualquier vendedor informal que trota las calles y cualquier cómico de plazas y parques, podría reemplazarlos sin ningún problema.
No es posible que ignoren con minuciosa rigurosidad, que “preguntar” no es igual a “consultar”, que “brindar” no significa “conceder”, que “indicar” no tiene el mismo sentido de “decir”, y que la palabra “severo” es distinta de la expresión “grave”.
 
Desde luego, a los entrevistados no se les “consulta”, sino, se le pregunta. Puesto que, la palabra “consultar” significa considerar y deliberar, mientras que la expresión “preguntar” sugiere interrogar a alguien para que éste diga o explique lo que sabe y entiende. Asimismo, una autoridad no “brinda” una entrevista, sino, “concede”. Pues, la palabra “brindar” expresa ofrecer una oportunidad y provecho, y en tanto que el término “conceder” significa dar y otorgar. Y, también por eso, un personaje que presta declaraciones frente a los micrófonos, no “indica”, sino, “dice”, “señala” o “sostiene”. Ya que “indicar” denota mostrar o significar algo con indicios y señales, mientras que “decir”, “señalar” o “sostener” significa manifestar con palabras el pensamiento y las ideas.
 
Aunque claro está, en el deterioro o en la deformación del idioma, casi todos somos responsables y cómplices. Unos, por decir “severo” en vez de “grave”. Otros, por mencionar “super” o “súper” en lugar de “bien”, “muy bien”, “excelente” o “genial”. Algunos, por llamar “pedófilo” al “pederasta”. Y muchos, por decir “hola señor” y seguir repitiendo mecánicamente todo lo que escuchan de otros. Incluso, el doctor Lezcano, especialista en la salud mental, dice la “líbido” en lugar de la “libido”. Otro galeno insiste en decir “sintoma” en vez de “síntoma”. Y, hasta el ex superintendente de la SUNEDU (el hombre que no sé si por pura voluntad o por real capacidad desea que la “educación” universitaria sea de calidad) don Martín Benavides, no deja de omitir la preposición “de”, cada vez que habla. Pues, él dice: “…es momento que el ejecutivo escuche”, en lugar de decir: “…es momento de que el ejecutivo escuche…”.
 
Precisamente por eso, nos preguntamos por la existencia de la Academia de la Lengua. En estos momentos en que el idioma está siendo estropeado, nos aconseje respetarlo, nos sugiera apreciarlo, y nos persuada a amarlo.