Política

Manuel Arévalo: genuino mártir obrero

hcmujica@gmail.com
líderesNorte
14 de febrero del 2024

Informe
Señal de Alerta-Herbert Mujica Rojas
15-2-2024

Manuel Arévalo: genuino mártir obrero

Después que cayera ultimado a balazos el Cmdte. Luis Sánchez Cerro, el 30 de abril de 1933, ese mismo día fue nombrado como reemplazante en la presidencia Oscar R. Benavides que permaneció 6 largos años en Palacio.

Pocos meses en 1934 duró la tregua, bajo el lema de Paz y Concordia, lanzado por el aprista ex constituyente Luis Heysen, y se rompió y el régimen de Benavides emprendió una cacería contra los militantes del joven partido de Haya de la Torre.

En la clandestinidad, dirigía la resistencia popular en el norte, Manuel Arévalo Cáceres, ex integrante del Congreso Constituyente de 1931 hasta su deportación, junto a otra veintena de representantes apristas, en febrero de 1932.

Haya de la Torre, vivía a salto de mata y firmaba los documentos o cartas que se hacían públicos y volanteaban en todas las ciudades del país, desde Incahuasi (refugio móvil simbólico).

Las cárceles estaban abarrotadas de prisioneros políticos en alto porcentaje apristas. Por esos años dirigentes y activistas purgaban condena sin pensar en suicidios o similares actos cobardes.

Manuel Arévalo obrero cañero, organizador nato, de empuje formidable y carisma sin discusión, tenía el encargo delicado de liderar la ofensiva política de una agrupación bastante joven sobre la que había órdenes terminantes: ¡a muerte contra los militantes de esa secta internacional!

Los soplones tenían como alta prioridad capturar a Arévalo porque sabían quién era y que además gozaba de toda la confianza de Haya de la Torre quien le había encomendado esa tarea cuyo riesgo mínimo era morir abaleado.

Cuando las elecciones internas apristas en Trujillo para candidatos al Congreso Constituyente de 1931, se presentó Manuel Búfalo Barreto quien gozaba de arrolladora simpatía en esos pagos norteños. Haya reclamó su derecho a veto y propició la postulación de Manuel Arévalo.

La historia de la revolución de Trujillo, el 7 de julio de 1932, consignó que el jefe de las fuerzas insurgentes fue Búfalo Barreto y también su primer caído y sus restos están en el Cementerio de Miraflores, Trujillo.

La delación proditora fletó la captura de Manuel Arévalo en febrero de 1937 y fue golpeado, los dedos quebrados y zarandeado con vileza y ensañamiento. Su contextura era atlética y robusta pero estaba en las garras de los soplones.

En camino a Lima, esos individuos a la altura de Huarmey en Colorado Chico, bajaron al líder obrero y lo ultimaron con una decena de balazos. La crueldad animal afloró y tronchó lo que era ya trayectoria de un genuino adalid como Arévalo.

Ocurrió el 15 de febrero de 1937 ocasionando con su muerte trágica, una baja importante en las filas de su partido que protagonizaba en la clandestinidad una resistencia, casa por casa, solar por solar, provincia por provincia. Eran días de combate en el Perú de entonces.

Recordar la inmolación de Manuel Arévalo tiene como propósito realzar que los cuadros políticos, hombres y mujeres, pueden llegar a la gloria del paradigma cuando su ejercicio es noble, limpio, dedicado.

El contraste que había en esos hombres y mujeres que luchaban por lo que consideraban el camino hacia la justicia social, deviene obligatorio. El pseudo derrotero del suicidio para evitar la investigación exhaustiva de latrocinios, era y es la salida fácil y vergonzosa.

Por aquellos años apenas si circulaban 4 periódicos además del “pan caliente” o La Tribuna clandestina. No había celulares, internet, email ni nada de esos prodigios actuales de comunicación.

Las noticias iban de boca en boca, vía documentos o cartas que se llevaban de las maneras más increíbles: en el transporte público, en las encomiendas de Lima a provincias y viceversa o de las formas más ingeniosas posibles.

El asesinato, éste sí un homicidio con alevosía, de Arévalo, dejó a su familia sin protección y al aprismo norteño desorientado. Costó mucho su reorganización que debió no poco a Alfredo Tello, el que tomó el liderazgo en Trujillo 1932, para su recomposición.

Arévalo protagonizó un capítulo que no debe ser olvidado: la lealtad a su causa y a sus ideas. Su insobornable valentía hasta morir ultimado por mano criminal. Obrero, libertario desde su anarquismo juvenil, este hombre del pueblo, tiene en su homenaje en Colorado Chico, Huarmey, una cruz de gran altitud a la vera del camino que recuerda su nombre.

La historia y la memoria, ámbitos tan manoseados por viles que las construyen con su dinero y las encargan a “historiadores” amaestrados y venales, requieren respeto y honor.

Una vida corta, la de Manuel Arévalo, sí concita sereno tributo a un hombre del pueblo.

Los farsantes, esos que se suicidan y pretenden ser convertidos en “mártires”, todo el desprecio más categórico.

 

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Manuel Arévalo: genuino mártir obrero

Después que cayera ultimado a balazos el Cmdte. Luis Sánchez Cerro, el 30 de abril de 1933, ese mismo día fue nombrado como reemplazante en la presidencia Oscar R. Benavides que permaneció 6 largos años en Palacio.

Pocos meses en 1934 duró la tregua, bajo el lema de Paz y Concordia, lanzado por el aprista ex constituyente Luis Heysen, y se rompió y el régimen de Benavides emprendió una cacería contra los militantes del joven partido de Haya de la Torre.

En la clandestinidad, dirigía la resistencia popular en el norte, Manuel Arévalo Cáceres, ex integrante del Congreso Constituyente de 1931 hasta su deportación, junto a otra veintena de representantes apristas, en febrero de 1932.

Haya de la Torre, vivía a salto de mata y firmaba los documentos o cartas que se hacían públicos y volanteaban en todas las ciudades del país, desde Incahuasi (refugio móvil simbólico).

Las cárceles estaban abarrotadas de prisioneros políticos en alto porcentaje apristas. Por esos años dirigentes y activistas purgaban condena sin pensar en suicidios o similares actos cobardes.

Manuel Arévalo obrero cañero, organizador nato, de empuje formidable y carisma sin discusión, tenía el encargo delicado de liderar la ofensiva política de una agrupación bastante joven sobre la que había órdenes terminantes: ¡a muerte contra los militantes de esa secta internacional!

Los soplones tenían como alta prioridad capturar a Arévalo porque sabían quién era y que además gozaba de toda la confianza de Haya de la Torre quien le había encomendado esa tarea cuyo riesgo mínimo era morir abaleado.

Cuando las elecciones internas apristas en Trujillo para candidatos al Congreso Constituyente de 1931, se presentó Manuel Búfalo Barreto quien gozaba de arrolladora simpatía en esos pagos norteños. Haya reclamó su derecho a veto y propició la postulación de Manuel Arévalo.

La historia de la revolución de Trujillo, el 7 de julio de 1932, consignó que el jefe de las fuerzas insurgentes fue Búfalo Barreto y también su primer caído y sus restos están en el Cementerio de Miraflores, Trujillo.

La delación proditora fletó la captura de Manuel Arévalo en febrero de 1937 y fue golpeado, los dedos quebrados y zarandeado con vileza y ensañamiento. Su contextura era atlética y robusta pero estaba en las garras de los soplones.

En camino a Lima, esos individuos a la altura de Huarmey en Colorado Chico, bajaron al líder obrero y lo ultimaron con una decena de balazos. La crueldad animal afloró y tronchó lo que era ya trayectoria de un genuino adalid como Arévalo.

Ocurrió el 15 de febrero de 1937 ocasionando con su muerte trágica, una baja importante en las filas de su partido que protagonizaba en la clandestinidad una resistencia, casa por casa, solar por solar, provincia por provincia. Eran días de combate en el Perú de entonces.

Recordar la inmolación de Manuel Arévalo tiene como propósito realzar que los cuadros políticos, hombres y mujeres, pueden llegar a la gloria del paradigma cuando su ejercicio es noble, limpio, dedicado.

El contraste que había en esos hombres y mujeres que luchaban por lo que consideraban el camino hacia la justicia social, deviene obligatorio. El pseudo derrotero del suicidio para evitar la investigación exhaustiva de latrocinios, era y es la salida fácil y vergonzosa.

Por aquellos años apenas si circulaban 4 periódicos además del “pan caliente” o La Tribuna clandestina. No había celulares, internet, email ni nada de esos prodigios actuales de comunicación.

Las noticias iban de boca en boca, vía documentos o cartas que se llevaban de las maneras más increíbles: en el transporte público, en las encomiendas de Lima a provincias y viceversa o de las formas más ingeniosas posibles.

El asesinato, éste sí un homicidio con alevosía, de Arévalo, dejó a su familia sin protección y al aprismo norteño desorientado. Costó mucho su reorganización que debió no poco a Alfredo Tello, el que tomó el liderazgo en Trujillo 1932, para su recomposición.

Arévalo protagonizó un capítulo que no debe ser olvidado: la lealtad a su causa y a sus ideas. Su insobornable valentía hasta morir ultimado por mano criminal. Obrero, libertario desde su anarquismo juvenil, este hombre del pueblo, tiene en su homenaje en Colorado Chico, Huarmey, una cruz de gran altitud a la vera del camino que recuerda su nombre.

La historia y la memoria, ámbitos tan manoseados por viles que las construyen con su dinero y las encargan a “historiadores” amaestrados y venales, requieren respeto y honor.

Una vida corta, la de Manuel Arévalo, sí concita sereno tributo a un hombre del pueblo.

Los farsantes, esos que se suicidan y pretenden ser convertidos en “mártires”, todo el desprecio más categórico.

 

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