
Informe
Señal de Alerta-Herbert Mujica Rojas
19-4-2026
¡Hora de actuar como país!
En breves semanas, salvo que la improvisación y la falta de temple, se impongan de manera poco constructiva, más de 27 millones de peruanos concurriremos a las urnas a votar para presidente, en esta segunda vuelta.
Los escándalos, desmanes, encontrones desinformativos y falta de organicidad administrativa de la ONPE, merecen una investigación prolija, el establecimiento de las faltas o delitos cometidos y la sanción más dura para sus fautores.
Hay algo más que no puede ser pasado por alto. La oportunidad de actuar como el enorme colectivo de más de 30 millones de ciudadanos se presenta urgente y demandante, firme como retadora. Y el desafío merece una respuesta creativa, disciplinada, alerta y profundamente embebida que el bien general está por encima de la capilla individual, egoísta y, las más de las veces, discriminadora.
La absurda pero real e insolente fractura norte-sur, debe dar paso a un país vertebrado, firme en su promesa de construir un futuro para los jóvenes, fuentes de trabajo bien remunerado y el deber de acercar los conceptos de modernidad y satisfacción para la ciudadanía.
La soberanía nacional se construye a partir de la soberanía popular, aquella en que el hombre y la mujer comunes, dan su voz y voto pero también encomiendan a los gobernantes que edifiquen una tierra de paz, trabajo, educación y salud.
Hay que, pues, exigir a los senadores y diputados, la conducta más austera, su identificación con la Patria y la comprensión que todos ellos, son simples empleados a quienes el pueblo paga con sus impuestos, sueldos e infraestructura para su función.
Ni el presidente, o un diputado o senador, son seres divinos, impolutos per se e intocables. Hay que auditar al representante público y a la menor señal de signos exteriores de riqueza, el planteamiento de investigaciones y denuncia y cárcel para quienes metan las uñas en los bolsillos populares.
Si lo anterior no está en una política de salud mental que el Estado no adopta como comportamiento institucional, pues debería de estarlo y con carácter de urgentísima. Las compuertas de la solidaridad plantean el desafío y su respuesta tiene que ser mandatoria y clarísima por parte de la ciudadanía.
Otra gran chance de unir al Perú, entonces en desgracia luego de la ocupación y arrasamiento de Chile entre 1879-1883, fue desperdiciada por grupetes miopes y egoístas que prefirieron una “reconstrucción” en términos de grandes intereses y negociados y olvidaron que los de abajo, al decir de Mariano Azuela, son parte indispensable como opinión y actores del gran drama social que sobrevino luego de esa debacle. Don Manuel González Prada, con sorna y desprecio decía: Perú, república, esto no es república sino mojiganga.
La añeja plaga y costumbre de medir al ciudadano por el color de su piel, pronunciación de los idiomas oficiales, vestimenta o acento, debe dar paso a una igualdad ante la ley y que debe ser enseñada desde las aulas escolares de la tierna infancia.
¿Qué gobierno tuvo o creó el turismo escolar de norte a sur, oeste a este y viceversa? Si no se hizo, debe incurrirse en esta novedad que alimentaría y generaría conocimiento físico del país, desde los más chicos y ganancias y adentramiento entre los peruanos.
La peor amenaza es la desidia, el dar todo por suficiente cuando la imaginación no se acaba nunca y Perú es un país joven. Repitamos con don Manuel: ¡Viejos a la tumba, jóvenes a la obra!
Acaso esta amenaza de la división social suicida constituya motivo suficiente para tocar las fibras más delicadas del cuerpo social peruano de modo que se comprenda que no hay otro modo de actuar como sociedad compacta, firme ante tan duras circunstancias privilegiando el sentimiento que todos somos iguales y que NO hay otros más iguales que otros en la prebenda y el ventajismo delictivos.
Perú como país y como esperanza posible, como superior a la dureza de sus problemas, capaz de alzarse sobre los escombros en que lo ha dejado, desde hace 40 años, un grupete de pandillas de rateros y desclasados ineptos para columbrar el bien nacional pero sí hábiles en la exacción del Estado como botín, he allí el enorme desafío a vencer.
Invocación y llamamiento, es la oportunidad de actuar como país para la consecución de un Perú libre, justo y culto.
El haber desguarnecido el cultivo escolar del civismo, de la historia, geografía, economía política, nos pasa la factura en forma de ausencia de respuesta cabal a desequilibrios que remecen al país y lo ubican como a una selva de cemento y en que los más fuertes –y armados- llevan la delantera.
La “presidencialitis” –angurria tenaz por llegar a la primera magistratura- tiene adeptos numerosos que se han creído el cuento que el destino les reserva ese lugar. Baste con decir que los últimos mandatarios peruanos gozan del triste privilegio de ser perseguidos por las sospechas de malos manejos con la excepción del suicida que prefirió un camino de dudosa entereza.
¿Por causa de qué se atribuye a un presidente peruano, que manda poco y administra peor, poderes imperiales de que carece y peor aún si gasta el dinero del pueblo en naderías muchas veces devolución de favores en su camino al alto puesto?
Escribió Alfonso Benavides Correa, el integérrimo patricio, historiador y ex parlamentario de las grandes causas, en el prólogo al libro Las veleidades autocráticas de Simón Bolívar, obra del embajador Félix C. Calderón, unas líneas que considero fundamental reproducir:
“¿Será una trágica constante, al cabo de años de apostolado, de no evadir los temas esenciales del drama, luciendo el coraje moral de estar contra los mandarines, tener, sin prensa adicta, un atardecer escéptico por el silenciamiento?”.
¡Hora de actuar como país!
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Señal de Alerta-Herbert Mujica Rojas
19-4-2026
¡Hora de actuar como país!
En breves semanas, salvo que la improvisación y la falta de temple, se impongan de manera poco constructiva, más de 27 millones de peruanos concurriremos a las urnas a votar para presidente, en esta segunda vuelta.
Los escándalos, desmanes, encontrones desinformativos y falta de organicidad administrativa de la ONPE, merecen una investigación prolija, el establecimiento de las faltas o delitos cometidos y la sanción más dura para sus fautores.
Hay algo más que no puede ser pasado por alto. La oportunidad de actuar como el enorme colectivo de más de 30 millones de ciudadanos se presenta urgente y demandante, firme como retadora. Y el desafío merece una respuesta creativa, disciplinada, alerta y profundamente embebida que el bien general está por encima de la capilla individual, egoísta y, las más de las veces, discriminadora.
La absurda pero real e insolente fractura norte-sur, debe dar paso a un país vertebrado, firme en su promesa de construir un futuro para los jóvenes, fuentes de trabajo bien remunerado y el deber de acercar los conceptos de modernidad y satisfacción para la ciudadanía.
La soberanía nacional se construye a partir de la soberanía popular, aquella en que el hombre y la mujer comunes, dan su voz y voto pero también encomiendan a los gobernantes que edifiquen una tierra de paz, trabajo, educación y salud.
Hay que, pues, exigir a los senadores y diputados, la conducta más austera, su identificación con la Patria y la comprensión que todos ellos, son simples empleados a quienes el pueblo paga con sus impuestos, sueldos e infraestructura para su función.
Ni el presidente, o un diputado o senador, son seres divinos, impolutos per se e intocables. Hay que auditar al representante público y a la menor señal de signos exteriores de riqueza, el planteamiento de investigaciones y denuncia y cárcel para quienes metan las uñas en los bolsillos populares.
Si lo anterior no está en una política de salud mental que el Estado no adopta como comportamiento institucional, pues debería de estarlo y con carácter de urgentísima. Las compuertas de la solidaridad plantean el desafío y su respuesta tiene que ser mandatoria y clarísima por parte de la ciudadanía.
Otra gran chance de unir al Perú, entonces en desgracia luego de la ocupación y arrasamiento de Chile entre 1879-1883, fue desperdiciada por grupetes miopes y egoístas que prefirieron una “reconstrucción” en términos de grandes intereses y negociados y olvidaron que los de abajo, al decir de Mariano Azuela, son parte indispensable como opinión y actores del gran drama social que sobrevino luego de esa debacle. Don Manuel González Prada, con sorna y desprecio decía: Perú, república, esto no es república sino mojiganga.
La añeja plaga y costumbre de medir al ciudadano por el color de su piel, pronunciación de los idiomas oficiales, vestimenta o acento, debe dar paso a una igualdad ante la ley y que debe ser enseñada desde las aulas escolares de la tierna infancia.
¿Qué gobierno tuvo o creó el turismo escolar de norte a sur, oeste a este y viceversa? Si no se hizo, debe incurrirse en esta novedad que alimentaría y generaría conocimiento físico del país, desde los más chicos y ganancias y adentramiento entre los peruanos.
La peor amenaza es la desidia, el dar todo por suficiente cuando la imaginación no se acaba nunca y Perú es un país joven. Repitamos con don Manuel: ¡Viejos a la tumba, jóvenes a la obra!
Acaso esta amenaza de la división social suicida constituya motivo suficiente para tocar las fibras más delicadas del cuerpo social peruano de modo que se comprenda que no hay otro modo de actuar como sociedad compacta, firme ante tan duras circunstancias privilegiando el sentimiento que todos somos iguales y que NO hay otros más iguales que otros en la prebenda y el ventajismo delictivos.
Perú como país y como esperanza posible, como superior a la dureza de sus problemas, capaz de alzarse sobre los escombros en que lo ha dejado, desde hace 40 años, un grupete de pandillas de rateros y desclasados ineptos para columbrar el bien nacional pero sí hábiles en la exacción del Estado como botín, he allí el enorme desafío a vencer.
Invocación y llamamiento, es la oportunidad de actuar como país para la consecución de un Perú libre, justo y culto.
El haber desguarnecido el cultivo escolar del civismo, de la historia, geografía, economía política, nos pasa la factura en forma de ausencia de respuesta cabal a desequilibrios que remecen al país y lo ubican como a una selva de cemento y en que los más fuertes –y armados- llevan la delantera.
La “presidencialitis” –angurria tenaz por llegar a la primera magistratura- tiene adeptos numerosos que se han creído el cuento que el destino les reserva ese lugar. Baste con decir que los últimos mandatarios peruanos gozan del triste privilegio de ser perseguidos por las sospechas de malos manejos con la excepción del suicida que prefirió un camino de dudosa entereza.
¿Por causa de qué se atribuye a un presidente peruano, que manda poco y administra peor, poderes imperiales de que carece y peor aún si gasta el dinero del pueblo en naderías muchas veces devolución de favores en su camino al alto puesto?
Escribió Alfonso Benavides Correa, el integérrimo patricio, historiador y ex parlamentario de las grandes causas, en el prólogo al libro Las veleidades autocráticas de Simón Bolívar, obra del embajador Félix C. Calderón, unas líneas que considero fundamental reproducir:
“¿Será una trágica constante, al cabo de años de apostolado, de no evadir los temas esenciales del drama, luciendo el coraje moral de estar contra los mandarines, tener, sin prensa adicta, un atardecer escéptico por el silenciamiento?”.
¡Hora de actuar como país!


