El padre: ¿una especie en extinción?

Mar, 07/07/2020 - 12:35 -- alerta
Jorge Smith Maguiña
 
por Jorge Smith Maguiña; kokosmithm@hotmail.com
 
8-7-2020
                                          
A mi papá/padre, a quien debo las pocas certitudes que tengo y muchas de las interrogantes, siempre presentes en mi búsqueda de la verdad.
 
A mis amigos, papás y padres, sin cuya tolerante presencia, cualquier vida hubiese sido una intolerable orfandad.
 
Las personas que bordean los 30 años hoy en día, son sin duda una de las últimas generaciones en haber saboreado la experiencia de haber tenido un papá en el sentido tradicional del término. Para poder disfrutar el haber tenido uno, se precisaba primero la existencia, la cercanía física de él, de algunos horarios y rituales familiares compartidos, que hoy en día la modernidad de más en más nos regatea.
 
Con la tasa creciente de divorcios o separaciones, la familia triangular con sus tres personajes principales: padre, madre e hijos en una cohabitación más o menos estable, ha sido más o menos pulverizada en estos tiempos. Aunque siga existiendo este triángulo en el sentido formal, en los hechos reales cada uno de los personajes parece tener una agenda propia, pues hay pocas informaciones en común o que se compartan en forma permanente. Hay más bien muchos temas o situaciones que acentúan la disensión.
 
La presencia excesiva de la información mediática, invasiva y persistente, copa hoy en día la casi totalidad de nuestros diálogos familiares cuando los hay. El relato familiar, el intercambio de información sobre la familia, que nutría con datos reales o supuestos, lo que Freud llamó la novela familiar, está siendo desterrado de más en más de nuestros intercambios verbales, entre aquellos con quienes tenemos lazos de consanguinidad.
 
Más sabemos hoy sobre las nuevas series de Netflix, sobre las peripecias de algún personaje de la farándula, o si la Champions ligue comenzará a jugar la próxima semana, o la nueva bobada que ha dicho o hecho algún político. Más sabemos incluso en estos días de pandemia sobre todo tipo de temas que nos imponen los media o las redes sociales. Solo tarde o por casualidad nos llegamos a enterar si algún tío ya no volverá a su trabajo pues cerró el negocio donde trabajaba y solo por terceros nos enteramos que nuestro primo ya no volverá a su universidad, pues durante la pandemia ha comenzado un negocio de delivery y ya no le interesan sus estudios por el momento.
 
La paradoja ha sido que con el encierro obligado por la pandemia en casi todo el mundo, en sus dos primeros meses por lo menos, las familias que ya en mucho, en los hechos estaban desunidas o eran disfuncionales, han tenido que estar en un mismo lugar, todo el tiempo juntas. El estar todo el tiempo en espacios a veces pequeños como los departamentos, ha llevado inevitablemente a intercambiar y los personajes de una familia, se han encontrado en una situación, que ha llevado a decirse muchas cosas no expresadas antes o que calladas largamente en aras de la unión familiar, se digan por fin.
 
El encierro ha hecho que pequeñas hostilidades camufladas salgan a la luz del día. En medio de tal situación, ha quedado evidenciado para muchas parejas o padres, que algunas desavenencias que parecían puntuales o pasajeras, en realidad escondían una incompatibilidad real y la imposibilidad evidente de seguir conviviendo en el futuro.
 
Para muchos niños que en el trajín cotidiano gozaban de un solo padre a la vez, en muchos casos la pandemia les ha permitido verlos juntos tanto tiempo como siempre hubiesen querido. Pero han sido testigos a su vez, de verlos discutiendo por cualquier cosa, y por lo mismo han visto desvanecerse la ilusión de que a futuro ya no serían, algo unido y compacto como lo hubiesen querido.
 
En muchos países, en los cuales ya hay algunas mediciones, ahora se sabe que durante el encierro pandémico, se llegaron a doblar y hasta triplicar las quejas o llamadas a números de emergencia, por posibles violencias domésticas o todo tipo de pleitos, situaciones penosas de las cuales lamentablemente los niños han sido sin duda testigos.
 
La pandemia por el lado positivo, ha sido también en muchos casos la ocasión para que los niños disfruten de su papá, de ese personaje, muchas veces desconocido y casi siempre ausente, que llegaba del trabajo cuando ya estaban por dormirse ellos o que podía engreírlos solo los fines de semana o durante un paseo dominguero. Muchos niños en el futuro recordarán el papá que disfrutaron esos días de encierro, cuando con un mundo exterior peligroso y contagiante, tuvieron a sus papás presentes y cercanos y los gozaron todo el tiempo para  para sí. Poco a poco, sin embargo, cuando se vaya restaurando la normalidad, la “nueva normalidad” como se dice ahora, inevitablemente se volverá a los antiguos rituales. En la subjetividad de los niños, que no perdonan nada y se dan cuenta de todo, volverá a asentarse en su subjetividad, muchas veces esa dolorosa reflexión frente a la ausencia paternal: “si mi papá no está conmigo es porque no me quiere”.
 
A diferencia del papá que en el recuerdo infantil tiene una realidad tangible, la noción de padre y en eso la mayor parte de los psicólogos y psicoanalistas concuerdan, es algo así como una invención, que no depende de lo real o lo fáctico. Puede no haber un padre real en nuestra infancia pero incluso en ausencia de éste, nos terminamos construyendo uno.
 
Es la noción de padre que buscamos analizar, para la construcción de la cual existieron  durante cientos de años, por no decir miles, condiciones más o menos estables para que la misma sea interiorizada sobre todo en el mundo rural. Decimos condiciones estables  no necesariamente uniformes. La vida urbana creo otra dinámica en la vida relacional. En el mundo agrícola se vivía y trabajaba en el mismo lugar. En el mundo urbano, el hombre comenzó a extender su ámbito relacional, por su misma movilidad laboral y a estar en contacto por lo mismo con imágenes parentales diversas.
 
Aunque la vida urbana y todo su frenesí ya datan de algún tiempo, es recién ahora en que la movilidad laboral es muy dinámica, y que ha coincidido además con el avance tecnológico, donde la ubicuidad ya no es una variable de impedimento para la relación. El mundo de lo inmediato, el hic et nunc, es el aquí y ahora, es la regla. Estos cambios de lleno lo están viviendo la generación de los llamados milenials (los que tienen de 15 a 30 años) y lo que denomino ya, como corovilenials (de 7 a 15 años que tendrán como referente el encierro de la pandemia), y son quienes están viviendo ya o que vivirán situaciones, muy diversas, las cuales han hecho confluencia o colisión para que de alguna manera comiencen a erosionar y poco a poco y terminar disolviendo la idea del padre o de alguna manera volviéndola más abstracta y confusa de lo que ya era, desde hacía algún tiempo. No necesariamente desapareciéndola.
 
Podemos decir que al debilitarse muchas de las variables que sostenían y hasta nutrían la noción de padre, esté o no esté presente en la realidad, comenzó una extinción aparente de la idea del padre, por la ausencia explícita de éste en el diálogo de las personas o como un referente. Si bien en el discurso abierto y público, el padre o la idea de éste es el de una especie en peligro de extinción, en la práctica clínica, en la psicoterapia o para el ojo avizor del psicólogo o el psicoanalista, la situación no puede ser más contradictoria, pues vemos que dicha noción más bien vuelve con fuerza a estar presente en la subjetividad de las personas. Quizás ya no con los laureles y la omnipotencia explícita de otros tiempos, pero sí como un elemento central, como algo que por presencia o ausencia tiene un rol central en la formación de nuestra personalidad y en la organización de nuestra vida mental.
 
Me estoy refiriendo evidentemente que esto está ocurriendo en el mundo occidental. El fenómeno globalizador de alguna manera ha estandarizado mucho el consumo de bienes y de ciertos objetos y la información que recibimos. Más difícil ha sido modificar las costumbres, las cuales están sujetas a los relativismos culturales. La aceleración del avance tecnológico y el uso intensivo que se ha hecho de todos los dispositivos para comunicarse, han modificado también nuestra percepción de muchas cosas. Todo nos parece más cercano, pero a su vez mas efímero. El mundo sigue siendo ancho, pero de alguna manera ya no es ajeno. La simultaneidad y la inmediatez de tener al alcance de nosotros toda información y en todo momento, con dispositivos que ponen todo al alcance de todos. Todo esto ha modificado más de lo que se piensa lo que es la familia, pues ha cambiado lo que es la comunicación familiar. La familia era un mundo propio, algo así como un engranaje cerrado donde diferentes sistemas de comunicación coexistían. Había una forma de comunicarse entre hermanos, otra con los padres y otra con los abuelos, por citar algunos escenarios. La horizontalidad que permite la comunicación digital, tal como la usan los milenials y corovilenials, ha hecho volar en pedazos, la sacrosanta estructura familiar y ha erosionado no solo el poder, sino la imagen de esa especie en vías de extinción que es el padre, cuya palabra era el referente de la comunicación familiar. La palabra del padre, su dixit, ha dejado de ser lo referencial. El padre también ha dejado de ser el depositario del orden, del saber o la razón. El entrañable personaje de El padrino, en la célebre novela de Mario Puzo, ya no sería un referente en la familia o lo que quedará de ella, en estas nuevas generaciones.
 
La modernidad en los hechos, ha generado lo que podríamos llamar una horizontalidad anárquica. La estructura patriarcal, tradicionalmente vertical, donde el orden emanaba justamente del padre y cuya palabra más que escuchada era obedecida en forma reverente, ha dado lugar a un tipo de relaciones anárquicas en muchos sentidos. El poder paternal no ha sido delegado en forma explícita a la madre, ni a quién tuviese la primogenitura (ser el hermano mayor), dentro de la familia. Las sociedades por primera vez en la historia se encuentran en una especie de período de laboratorio, en el cual se ensayan diversas formas de convivencia. En esos tubos de ensayo, la familia tal como la conocemos, es la forma más antigua pero en los hechos ya no es la única. De esta nueva situación, no sabemos si saldrá un mundo mejor o peor, pero lo peor que podemos hacer, es negar que existen estos cambios. Sería ingenuo, o caeríamos en una situación de denegación al no aceptar el hecho que estamos ante una mutación inédita en la historia.
 
Si bien la madre sigue conservando un sitial en todo lugar y sobran legislaciones que la protegen y hasta hay en muchos países ministerios explícitamente centrados en gran parte en ella, en la madre y sus hijos. La figura del padre, más bien, de alguna manera ha sido dejada a la deriva, tanto él, como su rol en la estructura social y familiar. En realidad las modificaciones que se están produciendo en relación a la noción de padre, están de alguna manera nuevamente, rodeándolo de un cierto enigma.
 
El padre en muchos sentidos, sigue siendo un ilustre desconocido para muchos. Querido y venerado más que comprendido, aceptado y tolerado en la mayor parte de los casos, aborrecido y hasta maldecido en otros. La modernidad, que se caracteriza sobre todo por ser iconoclasta (por tumbar los ídolos), y  también por lo que el genial sociólogo Max Weber llamó con precisión germana el entzauberung (el desencantamiento), que es el quitarle la magia original que tenían, cosas que antes se aceptaban como verdades por simple consenso.
 
Esto mismo ha ocurrido con la idea del padre. El padre o la noción confusa que tenemos de esta idea, hace que éste se esté convirtiendo en un sentido figurativo en una especie en vías de extinción antes incluso de haber llegado a ser comprendido en su plenitud..
 
Lo que ocurre es que desde hace ya unos 50 años ha habido un fuego cruzado que ha desestabilizado y cercenado la pretendida omnipotencia que tenía la idea del padre. Era algo aceptado dentro de la familia, por las nociones mismas de ser el pater genitoris y la fuente de la patria potestad, pero todo esto ha ido cambiando, por los cambios en las costumbres que se han ido plasmando también en lo legislativo, pero también por las irreverentes innovaciones de la ciencia. Los avances sobre todo, sobre el tema de la reproducción asistida, han de alguna manera violentado las nociones tradicionales de la paternidad y la maternidad. Estos avances en la medicina, han ido mucho más rápido que el cambio de mentalidades sobre estos temas.
Al haberse desligado el goce sexual de la reproducción de la especie en el caso materno y haber proliferado en los últimos años formas como las técnicas de vientres de alquiler, la donación de óvulos, la fertilización asistida, la donación de esperma y otras más, paradójicamente lo que podríamos llamar el padre como “el personaje seminal” de esta obra teatral, poco a poco ha hecho que vaya  siendo desterrado del escenario. De alguna manera, todo ha conducido a que se pueda ir prescindiendo del padre, algo así como las cosas que se usan una sola vez y después se botan. En ningún ámbito se ejerce mejor el denominado poder femenino que allí. Victoria póstuma de la mujer, que es una forma de decir, “el rey reina, pero no gobierna”.
 
La tecnología médica, que de alguna manera se percibía como una prolongación del poder masculino, en este campo habrá jugado una mala pasada a los varones, que no dejan de ser el padre original, pero que en los hechos se convierten en simples convidados de piedra o que al festín final del nacimiento, ni siquiera convidados están.
 
Premio de consuelo es que el padre que dio su semen o lo regaló anónimamente, pueda in extremis ser conocido por el hijo o hija si ellos lo desean. En todo caso ya estos hechos de por sí consolidan el eclipse de la importancia explícita de la idea del padre. Los movimientos feministas por otro lado, y los avances en la legalización de matrimonios entre homosexuales y lesbianas, las familias monoparentales u otras formas de “existir” (ya no hablo de otras formas de relación, pues en el caso de lo monoparental la relación sería ¿con quién?) que poco a poco van teniendo una legitimidad jurídica. Son situaciones repito, no solo inéditas sino desconcertantes en la historia.
 
Lo novedoso son también las nuevas interrogantes que estas situaciones plantean. Al cambiar la noción de paternidad también va a cambiar la noción de herencia. En el antiguo derecho romano, de alguna manera quién tenía el derecho a la herencia en casi todo era el primogénito. Eso tenía sus consecuencias cuando la sucesión en el poder era o pretendía ser dinástica. Por eso fue asesinado Cesarión, el hijo de Julio César y Cleopatra y también el hijo de Calígula y los hijos también de muchos emperadores chinos, pues los hermanos o parientes que pretendían el trono si el emperador moría, a veces incluso mandaban a matar a cualquier concubina que posiblemente haya podido ser embarazada por el emperador para así eliminar a cualquier intruso que a futuro reclamase como suyo el trono.
 
El llamado día del padre es una fecha de consenso en el almanaque, que algunos cínicos dirán fue inventado, al igual que el día de la madre, como una fecha que tiene más objetivos comerciales que para celebrar un convite filial, señala en realidad una fecha, que no precisa una celebración especial, pues cada uno a nuestra manera consciente o inconsciente celebramos nuestro día de la madre o del padre, presentes o ausentes que estén. Celebramos a una persona real, si tenemos la suerte que esté todavía con nosotros, y sobre todo la relación con alguien que tiene un significado real y de suma importancia para nosotros (puede ser el padre biológico o la persona que asumió dicho rol). O celebramos también la memoria de quien jugó dicho rol.
                    
En eso quizás la madre tenga una preeminencia sobre el padre, por la cercanía de la relación inicial, que en situaciones normales incluso antes de que nazcamos ya ha durado unos 9 meses dentro del vientre materno. Con la madre hay, como con precisión lo afirmaba Freud, un lazo lo que se denomina un Mutterbindung (en alemán el lazo maternal,que va a dar lugar a una fijación maternal), y con el padre más que un lazo hay una relación, un Vater Beziehung (una relación con el padre). La maternidad es un hecho de facto, la paternidad un hecho de fe. La noción de padre es algo que se construye, de alguna manera que se inventa, muy diferente a la noción tangible que es la de papá. El papá real puede ayudar o ser un punto de partida para la noción interiorizada que después tendremos de padre, pero no siempre.
 
Esta pandemia, que por el confinamiento ha privado a muchos, sobre todo adultos, de una relación de una cierta continuidad con sus padres, si viviesen en otra ciudad sobre todo, se ha doblado dolorosamente, en esta fecha denominada día del padre, por la ausencia que alrededor de la mesa dominical habrá en esta fecha, cuando por fallecimiento se haya perdido al padre y en muchos casos hasta se triplicará la pena, pues por la misma pandemia en muchos casos los padres murieron en una total soledad, no pudieron ni ser velados y en los inicios de la pandemia simplemente eran incinerados. La sociedad buscando por razones sanitarias, el bien común (la salud), a veces sin quererlo agrega al dolor evidente de la pérdida, el dolor suplementario de no haber dado el último adiós. Son cosas que para muchos, sobre todo aquellos que tenían una filiación intensa y continua, será algo muy difícil de procesar.
 
La paternidad en el sentido jurídico del término, ha sido cambiante antes de aterrizar en conceptos más o menos aceptados y estables. Los creadores del derecho romano a quienes les gustaba codificarlo todo y encerrarlo en frases lacónicas y puntuales, como para ser grabadas en la piedra hace más de 2000 años acuñaron la frase “Mater certissima, pater incertus” (La madre es cierta, el padre incierto). Al final al afirmar esto, explicitaban una evidencia, y es que al margen de toda prueba de hecho o aceptación legal o formal, con papeles y todo para afirmar la paternidad, la maternidad continuó siendo algo de facto y la paternidad de alguna manera es algo de fe, algo que in extremis en muchos casos había que probar.
 
Los sabios juristas romanos que siempre tenían artillería bajo la manga para salir de cualquier apuro, in extremis acuñaron la frase, “Pater est, quem nuptiae demonstrant” que quiere decir, “El padre es quien contrajo nupcias” o en palabras más claras, el padre es el esposo de la madre.
 
A los padres nos es difícil aceptar que en el centro mismo de sociedades aparentemente patriarcales, de una manera u otra, la madre haya tenido siempre no solo la sartén por el mango sino también los utensilios para cocinar. Esto es: decir quién era el padre.
 
La evidencia clínica, cuando uno trata en psicoterapia vivencias problemáticas de lo que significa la idea del padre, de alguna manera corrobora esto, pero también como prueba a contrario nos muestran como al centro de la personalidad neurótica, el rol necesario e inevitable que juega la importancia del padre, incluso por su ausencia. A veces es difícil precisar qué significa el haber tenido un buen o mal padre en la vida real o un papá atento o cariñoso o lo contrario, pero lo que sí se va diseñando con  contundencia en la terapia es la importancia real de la idea del padre sobre todo a nivel inconsciente como un elemento estructurante de nuestra vida mental. La forma sobre todo como los hombres procesan esa noción tiene una función importantísima como referente, en los procesos de identificación en la formación de lo que atañe la personalidad del sujeto y sobre todo en el camino de la maduración para convertirse en un adulto.
 
El padre ausente, cuando en los hechos reales, puede haber sido alguien que simplemente ha cometido la acción de abandonar al hijo o no ocuparse de él, y cuyo único lazo entonces es la filiación original por el embarazo de la madre, sigue teniendo una función dinámica. El padre físicamente ausente, no deja de estar presente en el psiquismo del sujeto. Más aún, esta ausencia tiene un rol no de un vacío sino juega un rol activo en la dinámica mental de las personas. Ese padre ausente a veces, en forma desconcertante termina por ser idealizado por el sujeto, quien se identifica incluso a este padre ausente. En la terapia somos testigos de esta actitud siempre ambivalente hacia la idea del padre. De allí que la tan discutida problemática edipiana, que muchos consideran una ocurrencia de Freud, en realidad es  una forma de precisar hipótesis, de darle forma de estructura y no necesariamente de dogma, a procedimientos mentales que ocurren o toman forma en la subjetividad, sobre todo inconsciente de los seres humanos.
 
Una de las virtudes de la psicoterapia, la psicoanalítica sobre todo, es llegar a que el paciente, de manera simbólica, realice lo que será algo así como un parricidio simbólico, como condición para convertirse realmente en un adulto y terminar de una vez por todas con un Edipo no resuelto y por lo mismo en fuente de neurosis en muchos aspectos de nuestra personalidad y en nuestros comportamientos, y como algo tóxicos en las formas que toma nuestra vida relacional, lo que técnicamente los psicoanalistas denominan relación de objeto. Logrado superar el Edipo, el sujeto percibe de una forma más rica, la relación con sus padres y con sus hijos, y todas sus formas de vida relacional, al limpiar las aristas conflictivas que suele haber en las relaciones. Ese es quizás el mayor aporte de la psicoterapia de orientación psicoanalítica.
 
La experiencia muestra que este cometido, no siempre es logrado en una forma definitiva, algo siempre queda bajo la alfombra o la aspiradora sin quererlo aspiró algo que no debía, mientras queríamos dejar todo impecablemente limpio, por lo menos en apariencia. La experiencia indica también que los seres humanos, sin necesidad de psicoterapia pueden terminar de una manera u otra haciéndolo. Todos terminamos de una manera logrando una madurez. La madurez adquirida es la capacidad de amar y trabajar, sin pensar que al hacer eso nos estamos privando de algo, o haciendo algo que no queremos o entregando algo que no tenemos.
 
Al igual que en la naturaleza, en la vida mental hay formas diversas de lograr un equilibrio, como el que podemos ver en forma más sintética en una pecera que muchas veces se convierte en un ecosistema, donde todo tiene un rol y una función a jugar, tanto en la cadena alimenticia como en la reproductiva. La imagen de la madre, omnipresente en nuestra primera infancia sobre todo, y de nuestro papá, que sí estuvo positivamente presente en nuestra primera infancia puede ser un paso positivo transitorio para nuestra ulterior idea o noción del padre que tendremos en nuestra vida. La carencia absoluta de un papá en nuestra primera infancia, o de una imagen parental estable en nuestros años formativos hasta nuestra adolescencia, tampoco son una fatalidad absoluta. Si no tenemos un padre, siempre nos inventaremos uno. Lo importante es el desgaste de energía psicológica de lidiar con esta idea, o con su ausencia, que justamente a veces por su ausencia tendemos a idealizarla.
 
No son las intransigencias activistas de los grupos feministas que erosionan o generan una decadencia de la imagen del padre, aborreciéndolo, considerándolo innecesario o banalizándolo que van a desterrar o abolir la idea del padre. En la vida real el padre muchas veces adquiere su presencia e importancia cuando es valorizado en la palabra maternal. La evidencia biológica puede ser contradictoria pero en los hechos muchas veces es la madre quien decide quién es el padre, que va creando e induciéndonos a través del lenguaje, la idea que terminará el niño interiorizando y frente a la cual desarrollaremos identificaciones positivas o negativas.
 
Lo peor por eso, es que cualquiera que sea la razón la que haya producido una separación o un abandono, se genere la fatal tentación, hoy en día sobre todo en que hay una autonomía económica femenina, de que después que ocurre una separación, se alimente o induzca en el niño una idea negativa o desvalorizada  del padre. En la mayor parte de los casos se creará simplemente el efecto contrario, o sea la curiosidad de saber, cómo es esa persona tan aborrecida por la madre y que dice ser el padre. En diversas formas, al igual que en los sueños, el retorno de lo reprimido termina por volver, lo prohibido termina por ser deseado, el vacío dejado por alguien, en este caso el padre, termina por su reiteración estando fantasmagóricamente omnipresente.
 
El psiquismo humano más que como una novela, está estructurado como un partitura musical. Como en las sinfonías de Beethoven o algunas sinfonías de Mahler, en que las notas iniciales, durante la obra están semi camufladas y no tienen quizás una función melódica pero sí rítmica a lo largo y ancho de una sinfonía, y al final aparecen insolentes y estruendosas como diciéndonos que siempre estuvieron presentes y esa presencia contundente quedará en el recuerdo de quienes escucharon la obra.
 
La modernidad sin quererlo está generando situaciones que nos están privando de interiorizar a veces una imagen positiva de la madre (por las diferentes y electivas formas de gestación y reproducción) y sobre todo del padre por las diferentes maneras, a veces incluso intencionales de hacerlo ausente, de ningunearlo, de banalizarlo y de hacerlo prescindible.
 
Al final el funcionamiento mental de los seres humanos, al igual que lo que ocurre en la naturaleza, restituye las cosas a su debido lugar, las cosas más que cambiar, en realidad se transforman y a veces simplemente se camuflan. La idea del padre como el de una especie en vías de extinción es pasajera y si en los hechos tal situación fuese real, inevitablemente será reemplazada por la misma especie pero con diferente apariencia.