Trump versus Biden: un penoso debate

Mié, 09/30/2020 - 19:27 -- alerta
Jorge Smith Maguiña
 
por Jorge Smith Maguiña; kokosmith@hotmail.com
 
1-10-2020
 
 
Los que salieron ganadores en este debate, fueron quizás, los que no lo vieron y utilizaron una hora y treinta minutos en ver alguna buena película, ahora que la oferta por Netflix es inagotable.
 
Los que lo vimos, por curiosidad o a sabiendas de que es importante saber quién dirigirá los destinos de un país con la capacidad de influencia de los Estados Unidos por lo menos en esta parte del mundo en la cual vivimos, no podíamos dejar de experimentar un sentimiento confuso de incertidumbre y de pena de presenciar algo de tan bajo nivel.
 
El alivio era que prácticamente nos sentíamos como en casa al ver el intercambio entre Trump y Biden. Vi el debate con dos amigos que han vivido en Estados Unidos, uno de ellos en los dos primeros años de gobierno de Trump, el otro vivió cinco años en la época de Clinton.
 
“Al final es igual que acá. Ya Estados Unidos no pesa como antes, por eso los candidatos pueden darse el lujo de ser ignorantes en política exterior” me dijo uno de ellos. Al decir “acá”, este amigo quería significar que en los debates que solemos presenciar, aquí en Perú puede pasar y hablarse de cualquier cosa menos de aquello que realmente interesa a la población.   “Allá por lo menos hay solo dos candidatos” agregó el otro amigo “Acá nos vamos a tener que tragar una quincena de improvisados con solo tres o cuatro digeribles y para colmo son dos vueltas. Al final de la primera ya estamos empachados de tanta trivialidad y propuestas delirantes. A la segunda vuelta nada garantiza que pasen necesariamente los mejores, con lo cual el empacho continúa y se convierte en una especie de cólico.” Yo les digo  “los peruanos tenemos una capacidad de tolerancia increíble” y a lo cual uno replica “No es eso, ni creo que tengamos un gran corazón como se pregona. Lo que tenemos sin duda, creo yo, es un hígado gigante, que nos permite aguantar cualquier imbecilidad política sin tener un cólico, como si las consecuencias de elegir tal o cual no nos fuesen a afectar”.
 
Los debates políticos en los Estados unidos eran siempre algo muy esperado, aunque las estadísticas muestran que la incidencia no es tan grande como siempre se ha pensado. Ni en el célebre debate en el cual se enfrentaron Kennedy con Nixon hace unos 60 años, fue el debate en sí fue lo que hizo bascular los votos de un lado a otro. “El “ganar” en un debate presidencial, no implica que uno sea el mejor, ni que se convierta en el favorito de un día al otro. Lo que sí mostraba un debate presidencial para el norteamericano promedio es que sus líderes eran gente verdaderamente capaz, con una capacidad de liderazgo excepcional, que conocían bien los temas que interesan al país, que sabían defender los intereses del país, que sabían la importancia de ese gran país en el contexto mundial y por lo menos el peso de las responsabilidades concomitantes al asumir el cargo. Por lo mismo, los dos adversarios que debatían se respetaban el uno al otro, pues cualquiera sabía que no había sido fácil llegar hasta allí.
 
En Estados Unidos suele haber una línea de carrera en política y quien llega a ser candidato a la presidencia conoce todos los vericuetos de la administración pública, pues ha sido congresista o senador y muchas veces también gobernador. Sabe qué se puede y no se puede hacer en un cargo político, pero el político norteamericano sabe sobre todo que asumir la conducción de ese gran país, es comprender la majestad del cargo, mas que los atributos o las áreas de competencia inherentes al mismo. Sabe qué es ser presidente de un país así y sabe lo que significa representarlo en cualquier lugar y en todo momento implica estar a la altura de lo mismo y lo peor por lo mismo, es que un elegido al asumir el cargo, descubra que el puesto le quede grande.
 
Los populismos crecientes de estos últimos años y que han dado lugar al aventurerismo político de toda calaña, y pienso en Toledo y Humala en el caso peruano, también han entrado con fuerza en Estados Unidos y la irrupción y triunfo inesperado de Trump, que no tenía una trayectoria política anterior mas que la de ser un exitoso hombre de negocios, fueron la mejor prueba que dicho país ya estaba contagiado también del virus populista, y que dicha enfermedad no solo era característica de líderes turcos o húngaros que buscan perennizarse, de satrapías caribeñas o de dictaduras con disfraz de democracias formales como en Venezuela y varios países africanos, o que por momentos tenemos la impresión de haber padecido aquicito nomás.
 
El ser presidente de los Estados Unidos fue siempre estar al centro de un equilibrio de poderes que ha durado casi doscientos años. En dicha coreografía era impensable que un poder interviniese en el otro, un sistema en el cual el “check and balance” (la vigilancia y el equilibrio), era la base del frágil equilibrio que caracteriza a las democracias, a las cuales el populismo rampante, irreverente de todo equilibrio, alimentando lo visceral y transitorio, han puesto a lo que queda de las democracias formales en una situación de enfermo terminal.
 
La democracia tradicional supone vivir en un estado de Derecho, en el cual el imperio de la ley prima. Es sin embargo difícil ver qué se puede hacer, si la noción es a veces sobre vendida y a veces manoseada al máximo, han hecho que se descubra que aún en Estados Unidos no se respetaban los derechos civiles tanto como se creía, pues ni en los criterios para arrestar a alguien, ni en el “tratamiento diferenciado” en el procesamiento y encarcelamiento de una persona, donde los prejuicios perforaban por todo lado el principio de igualdad ante la ley, había esa igualdad ante la ley.
 
Al final de cuentas las instituciones no eran tan sólidas como para creer que existía realmente un sano equilibrio de poderes que iba a durar per secula seculorum. Una persona como Trump, un verdadero “outsider” en la política de los Estados Unidos en menos de lo que canta un gallo ha mostrado la fragilidad de las instituciones: ha hecho lo que le ha dado la gana con el Poder Ejecutivo, nombrando, rotando o despidiendo altos funcionarios a su libre albedrío, sometiendo al Congreso a todos sus caprichos, buscando nombrar una nueva miembro de la Corte Suprema en momentos que ya está de salida, lo cual sería lo menor, pero mas bien con intereses que nos parecen irreales pero posibles, de patear el tablero en caso de que pierda las elecciones, y lo que es novedoso, por primera vez buscando hacer creer que el voto por correo no es fiable, pregonando para quien lo quiera escuchar, que hay un oscuro complot de votar doblemente por parte de los demócratas. Lo peor también ha sido ser ambiguo sobre si aceptará o no los resultados iniciales de las elecciones si no le favorecen. O sea un solo hombre puede darse el lujo de fragilizar todos los poderes del Estado y minar los pilares, en base a cuya independencia y solvencia se sustenta la democracia o lo que queda de ella.
 
El debate
 
No es casual por lo mismo que hayamos escuchado sorprendidos que ante la intransigencia nerviosa del candidato Trump, perdiendo la compostura, le haya dicho en algún momento payaso, varias veces mentiroso, y también “ya cállate, hombrecito”. Decirle eso en un debate en vivo y en directo a un presidente de los Estados Unidos hubiese sido una blasfemia y de alguna manera un ultraje a la nación en otros tiempos pues el presidente representa a la misma, pero creemos que tal maltrato el presidente Trump se lo ha buscado y con lo que podríamos llamar una especie de vehemencia suicida y desafiando al destino, ha ido creando las condiciones para que las reglas del fair play que caracterizaban el juego político norteamericano no solo se rompa sino también se pervierta.
 
Ha defendido Trump innecesariamente las posiciones más disparatadas, homofóbicas, racistas, contra los inmigrantes y todo tipo de minorías, tratando despectivamente a muchos países, refiriéndose ofensivamente a la China que está cerca de ser la primera potencia, ofendiendo a los militares y a los veteranos de guerra, pero sobre todo optando por defender lo económico cuando se tenía que optar por lo político u optando por lo político cuando se tenía que tomar partido por el asesoramiento científico, en el caso del manejo de la pandemia. Un líder como él que no deja de tener cierto magnetismo, hubiese podido estar bien situado para ser reelegido, con un manejo simplemente aceptable de la pandemia pero no enfrentándose a los gobernadores y alcaldes.
 
Por momentos nos parecía que el presidente Trump tenía un parentesco con Humala o algún otro presidente peruano de esos que no se pueden ir a dormir sin haber peleado con alguien.
 
En todos los temas del debate ha quedado mal parado y no por las virtudes de Biden, sino por las inconsistencias de sus posiciones, sus disparatadas opiniones llenas de mentiras e incongruencias y por la atolondrada forma de defender algunos logros que hubiese podido capitalizar a su favor.
 
Trump quería ser la estrella del debate y que el tema del mismo sea discutir sobre sus ocurrencias, muchas veces falsas o sin fundamento alguno. Biden, ya viejo político vio que Trump estaba cayendo en su propio juego y optó por dirigirse al pueblo norteamericano, al votante indeciso a pesar de las repetidas interrupciones de Trump, que ya comenzaban a incomodar a Wallace, el moderador que proviene de las canteras de Fox News, canal que le es adicto al presidente.
 
A Biden le surtió efecto de buscar conectar con el ciudadano de a pie, sobre temas que sí le interesan como la pandemia y el empleo y al día siguiente esto se ha reflejado en encuestas que indicaban que de los 15% de indecisos, ya 4% ha optado por votar por Biden y sólo 2% por Trump. A estas alturas, a casi sólo un mes de las elecciones, es un golpe muy duro para el equipo de Trump, más aún si la diferencia es ya de un promedio de 10% en forma continua en las últimas semanas. En este 4% que se ha asegurado Trump, el componente femenino es muy fuerte y ese sector del electorado que le es hostil se consolida con fuerza.
 
Lo más fatal sin embargo en el debate fue cuando el moderador Wallace le pidió a Trump deslindarse de los supremacistas blancos que defienden posiciones racistas, anti-inmigrantes y están contaminadas con todos los fundamentalismos habidos y por haber y que viven trasnochados con rezagos de la guerra fría y ven complots comunistas por doquier. Trump en vez de deslindar en forma clara, le lanzó una especie de piropo a esa base dura de su candidatura que son esos jóvenes supremacistas blancos, refiriéndoles a ellos como “Proud boys” (jóvenes orgullosos) de defender pretendidos valores tradicionales. Fue aplaudido como pudimos constatar después a rabiar en las redes sociales por esos grupos fascistoides que ya no se reúnen en la clandestinidad, sino que proclaman su racismo e intolerancia por doquier y que ahora se sentían legitimados por su candidato.
     
A Biden le era necesario que al terminar el debate éste sea sólo percibido como un empate y se hubiese dado por bien servido, pero las incongruencias y deslices de Trump le hicieron las cosas mas fáciles que lo previsto. Hoy Biden es percibido como el ganador de este primer encuentro. Generalmente el que está en el cargo, por tener la información más a la mano puede y debe estar mejor preparado para un debate así. Por lo mismo eso ha mostrado la forma tan deportiva como Trump ha manejado sus tres años y medio en el cargo. Sin leer en el día a día los minuciosos informes que le hacen a un presidente, sin cuajar un grupo de asesores estable. Todo esto ha sido denunciado hasta el cansancio por sus ex asesores, algunos de ellos militares, que han revelado la poca seriedad en el manejo de temas delicados por parte del presidente.
 
Ya lo había dicho Obama durante la convención demócrata que hay gente que puede tener muchas virtudes, pero que para algunos cargos no está hecho y ese ha sido el caso de Trump, al asumir la presidencia. Ni estaba hecho para el cargo y parece que poco ha aprendido en tres años y medio en el mismo. El manejo de expedientes tan delicados como el del cambio climático, nunca despertaron mayor interés para el presidente Trump y querer guiarse por los instintos en temas técnicamente tan complejos es la formula ideal para no prevenir desastres y agudizar los problemas, convirtiéndose en parte de ellos..
 
Ahora que se ha publicado el libro de Woodward, Rage (Cólera) sabemos por las conversaciones grabadas de las entrevistas que dio al célebre periodista que destapó el escándalo de Watergate que hizo caer a Nixon, que Trump sabía de la gravedad de la pandemia desde febrero y por temor de que comiencen a haber consecuencias negativas en la Bolsa de Valores y que se interrumpiese la recuperación económica que ya se estaba consolidando por lo menos en el tema del empleo, se opuso a que se tomasen las medidas urgentes y ordenadas que la pandemia ameritaba. Ahora las consecuencias son desastrosas y esto se lo recordó Biden en todo momento diciéndole que los Estados Unidos con solo 4% de la población mundial tiene 20% de los infectados del mundo.
 
Arrinconado por las cifras que implicaban un alto costo en vidas humanas, Trump terco hasta el delirio, optó desde el inicio por el denial (el rechazo) de la realidad y hoy se ven las dolorosas consecuencias.
 
Lo delicado es que la brecha que ha creado Trump, secundado irresponsablemente por los republicanos que en vez de luchar por sus ideales partidarios, han puesto todo para defender la reelección de Trump, es una brecha que va a ser bien difícil de cerrar.
 
Lo peor de lo que quedará deTrump es haberle dado presencia política a un fascismo desembozado y que ahora tiene puerta a la calle, ahora que Trump les ha dicho “Proud Boys, stand back, stand by” (Orgullosos jóvenes, esten detrás, este cerca). Ese legitimante piropo es una puerta abierta a fundamentalismo políticos que pueden crear el germen de una tercera vía muy peligrosa en el paisaje político de los Estados Unidos. Se está gestando un nexo entre la extrema derecha y el fascismo militante.
 
Es un arroz con mango ideológico en el cual se combinan el populismo racista, con la ansiedad de pérdida de empleo de los blancos pobres y sin perspectivas laborales de trabajo que ven complots por doquier. Es el tipo de nicho sociologico ideal en el cual en otros tiempos encontraron eco las prédicas de Mussolini y Hitler. Son grupos sin mucha vertebración organizada pero que aunque dispersos, son votantes y pueden en una elección tener una presencia limitada pero real. Son jóvenes propensos a la violencia callejera y que pueden buscarle pleito a los grupos izquierdistas radicales.
 
Los temas que los apañan como lo muestra uno de los pocos estudios que se han hecho sobre esta fauna y que se la debemos a Shane Burley en su obra Fascism Today: What it is and how to end it (El fascismo ahora: qué cosa es y cómo terminarlo). Los temas que agrupan a estos jóvenes, son el nacionalismo a ultranza, el realismo racial, un autoritarismo reinventado, todo esto con un fondo de populismo rampante. Hay el énfasis en la noción de tribu, de que todo lo extranjero es malo y bajo el paraguas de la fe, la familia y mucho fundamentalismo patriotero se busca vehicular valores que son positivos en sí pero que en manos de esta gente se vuelven un arma de exclusión y de intolerancia de todo tipo.
 
El evento nos lleva a este tipo de reflexiones pues en un debate se busca una opción clara sobre el tipo de sociedad que se desea para los hijos y un tipo de sociedad como destino para una gran nación como los Estados Unidos y felizmente la opción política de Trump en mucho colisiona con los valores positivos que aunque inconclusos, han sido los valores permanentes de la sociedad de los Estados Unidos.
 
En todo caso la señal de alerta está dada y no es la derrota de Trump la que hará que estos grupos beligerantes dejen de consolidarse.