Descorriendo oscurantismos, rompiendo el pacto infame y tácito de hablar a media voz

Lun, 06/22/2020 - 20:55 -- alerta
Herbert Mujica Rojas-Isabel Peña Rodríguez
 
23-6-2020
 
Pocos son los textos o estudios de alguna relevancia que analizan la campaña electoral del Partido Aprista Peruano en 1980. A lo más hay exégesis que pretenden justificar la presencia de no pocos réprobos que asomaban las orejas y definían contornos que con los años ratificaron vocaciones absolutamente delincuenciales, ajenas a la moral y principios de lo que hasta entonces había sido, con sus yerros múltiples y aciertos en el alma popular, voz y clarín de un pueblo anhelante de pan con libertad.
 
Una premisa fundamental que la lógica establece como inviolable es ¿qué necesidad en 1980 tenían los apristas de apristizar a los de su partido? Las apelaciones a la “fuerza para gobernar” o el escoger a quienes supuestamente simbolizaban la lucha en las cárceles, persecución o en las calles, devinieron en un chasco gigantesco y Fernando Belaunde le sacó casi 800 mil votos de ventaja a Armando Villanueva ese año.
 
Algo estuvo mal, ridículamente mal.
 
En 1978, con la excepción de pocos departamentos, Haya de la Torre, octogenario y lúcido, había conducido la victoria aprista en pos de la Asamblea Constituyente. Víctor Raúl fue presidente de esa institución que produjo una Carta Magna humanista, con sentido social y con miras al logro de un Perú justo, culto y libre.
 
¿Cómo así se logra la voltereta del electorado, apenas 2 años después y para perder con resultados catastróficos?
 
Los hagiógrafos han pretendido cubrir con un manto de olvido culposo cuanto aconteció en la campaña de 1980. La intención fue borrar aquello que produce escozor, vergüenza. Muchos de sus fautores, publicistas bien pagados y cuentistas de entonces siguen vivos y a ellos no conviene la luz que aclare, ilumine y descorra cortinas gruesas sobre tanta torpeza congénita y también adrede.
 
Otros fueron cómplices ingenuos en la exaltación de supuestos valores que no fueron tales, bastaba con una diputación o senaduría y ¡qué importaba la presidencia! si cada quien enriquecía su parcela, pretendido prestigio y hegemonía local. Muchos dejaron ese caudal y se arrepintieron sinceramente. Los que estuvieron en planilla, sólo sirven a quien o quienes pagaran sus cuentas.
 
La enfermedad de Haya de la Torre mientras ejerció la presidencia de la Asamblea Constituyente fue un instante doloroso que tuvo influencia al interior del partido, su funcionamiento y conducción. Aunque parezca inverosímil Víctor Raúl era un dínamo imparable y siempre se daba tiempo para atender sus deberes en el Congreso, en el aprismo, en la lectura y las tareas que se imponía merced a su acerada forma de ver la vida.
 
Sin embargo de aquello al interior del partido y ante circunstancias reales y objetivas los dirigentes empezaban a orientar sus simpatías just in case ocurriese lo que todos temían: la desaparición de Víctor Raúl.
 
Grupos significativos se formaron en torno a Luis Alberto Sánchez, Ramiro Prialé, Andrés Townsend Ezcurra y Armando Villanueva del Campo. La justa habría de dirimirse en octubre de 1979, con gruesas acusaciones de fraude, sinsabores y una partida de campaña herida por las fracturas e insanias cometidas por un grupo de exaltados con plan privado y sin escrúpulos. Asomaba con fuerza y con esos propósitos Alan García Pérez.
 
Con Armando Villanueva de candidato y con la asociación a la fuerza, a la gresca callejera o a la defensa ocasional que grupos apristas ejercían contra adversarios en las universidades o centros laborales, no podía ser una campaña peor signada por el símbolo del previsible fracaso que ocurrió en 1980.
 
La intuición de Fernando Belaunde le hizo exclamar luego que ese octubre aciago de 1979 designara o mal eligiera aspirante a la presidencia a Villanueva, que su camino de retorno a Palacio se pavimentaba no por sus aciertos sino por los errores en que transitaba con ceguera el aprismo.
 
Desde 1968 a 1980 habían pasado casi 12 años. En 1969, de haber habido elecciones como estaba previsto, Víctor Raúl hubiera ganado sin mayores problemas. El belaundismo estaba escindido. El odriísmo en ruinas. Los comunistas y socialistas siempre fragmentados. El PPC fue, cuando existió, un partido de abogados potentados en Lima.
 
Con sus aciertos, que los tuvo, y yerros, múltiples el gobierno militar debió ceder ante la presión popular manifestada por la acción en las calles de los sindicatos y del pueblo que demandaba el retorno de la civilidad y el jalón fundamental fue la huelga nacional del 19 de julio de 1977, entonces desde Bolivia e impedido de volver al Perú por el cierre de la frontera, contemplaba cómo era de fuerte la energía y protesta del pueblo.
 
La Asamblea Constituyente fue otro jalón extraordinario y que tuvo entre otras virtudes la posibilidad que Haya de la Torre en su ancianidad se mostrara como un elder statestman, veterano hombre de Estado, y muchos de sus votantes no apristas, reconocieron en su larga trayectoria, la de un hombre de indudable carisma y atractivo para tirios y troyanos, unos le adoraban y otros odiaban, pero era imposible dejar de entender entonces que 50 años habían girado en torno a su trabajo político en tiempos que los peruanos tenían 3 opciones: encierro, destierro, entierro.
 
Cuando las FFAA presentaron su saludo a Víctor Raúl que llegaba al recinto de Plaza Bolívar, la emoción fue sobrecogedora: los hombres de armas daban la bienvenida al civil que había conducido a una significativa parte del pueblo en la lucha por pan con libertad. La bella escena registra los lagrimones emocionados y temblor inocultable de Haya enfundado en abrigador sobretodo y su mirada conmovida en el acto. Estudiante universitario era por esos años y no pude, como no pudo hacerlo nadie, sino sucumbir ante la hidalguía de una especie de abrazo simbólico entre todo el Perú.
 
Pero la procesión iba por dentro del partido aprista. Dice el refrán: cuando el gato se va, los ratones están de fiesta.
 
En julio de 1979, el partido llevó a cabo un congreso que, y casi nadie quiere decirlo en voz alta, anticipaba el rosario de equivocaciones que llevaron a la colapsante derrota de 1980. Una conclusión grotesca fue la de consagrar el libro El Antimperialismo y el Apra, escrito en 1928 y publicado en 1933 en Chile, como una especie de catecismo intocable y macizo. Si bien es cierto lo que Haya anticipó en su valioso documento continúa siendo pilar inamovible, las consecuencias no pudieron haber sido peores: la insania de no pocos exaltados convirtió automáticamente a 30 años de aprismo, del mismo autor y pluma y publicado años después, en la antípoda, en el libro “conservador”, “enemigo”. El absurdo no podía ser más ridículo y miserable.
 
Haya siempre había predicado que la aplicación de los libros a la realidad era de una lógica pétrea. Hacer lo inverso, imponer los libros a la realidad, una bestialidad mayúscula. Pero en 1979, en ese congreso, sí se hizo y se pretendía maniqueamente identificar a una corriente aspirante, la de Armando Villanueva con El Antimperialismo y el Apra y a la otra, la de Andrés Townsend Ezcurra, con 30 años de aprismo. Por arte de birlibirloque, por cundería reprobable, el gran partido aprista se convertía en un circo de baja calidad.
 
El congreso de 1979 proclamó la candidatura presidencial de Haya de la Torre. Todos sabían que la gravedad de Víctor Raúl era irreversible pero los demagogos guardaban una que otra forma aún. El descarado embate de los pillos y delincuentes se vería poco después.
 
Sospecho que antes de la campaña presidencial de 1980, desde que se inicia la Asamblea Constituyente, se produce al interior del partido, el estallido de las disensiones, preferencias, simpatías. Todo era legítimo mientras que se ciñese a patrones fraternos y muy estudiosos de qué se debía hacer. No fue así, todo lo contrario, se llevó al aprismo al naufragio sin rescate.
 
¿Necesitaban los apristas seguir siendo el ghetto ciudadano de largos años precedentes en 1980? La respuesta, entonces y ahora, luego de varias décadas, sigue siendo la misma: NO.
 
La exaltación de figuras de fuerza, gestos de esa misma naturaleza, luego de 12 años de dictadura militar con heridos, muertos, accidentes, colisiones mil, no dejaba margen a duda: seguir en lo mismo atraería resultados desagradables. Fueron casi 800 mil votos los que sacó de ventaja Belaunde a Villanueva en 1980.
 
Con Haya de la Torre ante todo el país como presidente de la Asamblea Constituyente, el hombre adorado y sublimado por sus partidarios hasta la muerte, dejó de ser patrimonio de los apristas. Víctor Raúl era conocido por hombres y mujeres que jamás habían, por razones de todo jaez, visto quién era ese hombre de quién los padres, tíos, abuelos y mucha gente hablaba con pasión o antipatía. Su don de gentes, bonhomía, acción enérgica en la conducción de la Asamblea y puesta en orden de no pocos adversarios, le dieron esa estatura magistral que ejercía desde las calles y plazas, esta vez desde el primer poder del Estado.
 
En buena cuenta, el aprismo, su jefe, sus lemas, sus cánticos, su método de acción realista, habíase acercado al hombre común y corriente que descubría también que Haya no era el demonio fulminante de que había escuchado alguna vez. Esta aproximación, de algún modo, reconcilió al Perú.
 
Hay crónicas y escritos de cómo viejos y feroces adversarios del aprismo y de Haya de la Torre luego de haberle tratado en la Constituyente proclamaban su admiración sincera y hasta confesaban su tristeza de no haberlo conocido antes. Víctor Raúl, por así decirlo, abrió las compuertas de la civilidad a un debate intenso pero constructivo.
 
Entonces si lo anterior que es hoy casi un juicio sereno, fue verdad, ¿qué razón –o sinrazón- tenían los “genios” de la campaña aprista de 1980 de exaltar ríspidos caracteres, torpezas y llamados a una supuesta fuerza que no era tal sino anacrónico ademán de fanáticos ignorantes o profesionales de la ruina?
 
Salir del ghetto, apelar a los simpatizantes, hablar con lenguaje claro, de elevado nivel en la conciencia popular, inspirando al esfuerzo ecuménico del pueblo y otorgando confianza eran algunos de los jalones que el candidato aprista debiera tener como imán para ganar el respaldo en 1980. Armando Villanueva no fue ese candidato.
 
Cruzar los extramuros del encierro en el ghetto, convocar a los mejores espíritus para sacar al país del atolladero, crear con imaginación política alianzas duraderas y con participación de toda la sociedad civil, era el reto por acometer en 1980. Si el aprismo quería ganar, tenía que buscar un imán portador de esas virtudes.
 
Se ha dicho poco de una participación fundamental desde la construcción del aprismo en los años 30: la mujer militante. Nuestra distinguida compañera psicoterapeuta, dirigente universitaria CUA y militante desde sus años infantiles del aprismo, líder sindical del Congreso y representante ante la Confederación de Trabajadores del Perú, CTP (en momentos duros cuando Fujimori cerró el Parlamento y botó a cientos de trabajadores), Isabel Peña Rodríguez, nos acompaña en este esfuerzo al alimón de redactar un prólogo a ¿El principio del fin?, esforzado trabajo de Félix Camilo Roncal, Hubert Munaro y Samir F. Quispe, a quienes agradecemos esta encomienda fraterna y responsable. Los párrafos que enriquecen este prólogo al alimón pertenecen a su pluma calificada y leal.
 
“La mujer aprista ha sido y es una expresión de fuerza y coraje, ha tenido un papel muy importante en el trabajo social de nuestro país, manteniendo siempre la firmeza de sus principios ante cualquier adversidad sobre todo cuando los varones caían presos, eran desterrados o asesinados.
 
La participación impulsora de la mujer aprista desde las organizaciones de base constituyó pilares de creatividad, esfuerzo y solidaridad en la lucha por la mujer y por la justicia.
 
Justo y necesario mencionar la memoria de muchas mujeres apristas, verbi gracia, la c. Bertha González Posada Eyzaguirre defendió la igualdad entre la mujer y el hombre, e impulsó con éxito la ley a favor de las mujeres de la Guardia Civil del Perú, para que puedan postular a la Escuela de Oficiales y que pudieran obtener el cargo de Comandantes de la PNP.
 
Entre otras mujeres apristas leales y luchadoras, debo recordar a la compañera Hilda Urízar Peroni de Arias quien fuera ministra en la cartera de Salud.
 
En los años fundacionales del Partido, la compañera Magda Portal integró el primer Comité Ejecutivo del PAP, así como otras grandes mujeres destacadas y guerreras.
 
La impronta popular de mujeres combativas como María Luisa Obregón y Agripina Mimbela, entre otras muchas heroínas anónimas del pueblo, descollaron en sus tareas de enlace, aprovisionamiento de municiones y gritos a viva voz, alentando a los combatientes en los diversos frentes del alzamiento popular de julio de 1932, Trujillo, que se recuerda como el año de la barbarie.
 
Recordar las líneas próximas es un homenaje a todas esas generaciones apristas de mujeres que en la base, en el hogar, en las prisiones, en el encierro o en el destierro, soportaron vejámenes, sufrimientos, dolores, sin cejar en el esfuerzo que las militantes de hoy pretendemos emular con humildad y entereza aún a pesar de tantas adversidades.
 
Decimos:
 
Si la humillaciones mi condena, por exigir lo que me es correspondido.
Si la razón se me cuestiona por permitirme no querer pasar al olvido.
Si la libertad de mi alma, me es arrebatada, sin fundamentos, ni causa;
No demoren en pensar que en la lucha seguiremos hasta calmar la sed de equidad que seguirá hidratando nuestros pensamientos.
Anónimo”
 
Escribí en 1989, en las solapas del libro 50 años de aprismo, de Andrés Townsend Ezcurra, lo siguiente:
 
“Por todos estos testimonios, este libro resulta indispensable para comprender la historia del Perú en los últimos 50 años y en particular la historia del Apra. No disimula pero tampoco encona, la disidencia principista que motivó su separación de las filas de un movimiento al cual ha tributado y tributa una leal pero crítica adhesión. Los temas variados de este libro, y sus viñetas en torno a personajes claves del medio siglo -varios de los cuales se publicaron en la prensa en momentos significativos- tienen un indudable valor testimonial y están escritos en estilo periodístico y moderno.
 
Townsend participó activamente en la Asamblea Constituyente de 1978 y fue autor de gran parte del Preámbulo y de artículos tan importantes como los relativos a la definición del Perú como república democrática y social; el deber del Estado de eliminar toda forma de explotación del hombre por el hombre y del hombre por el Estado; a la consagración del Derecho de Huelga; a la oficialización de los idiomas aborígenes; a la separación pacífica de la Iglesia y el Estado; de rechazo al imperialismo, al colonialismo y a la discriminación racial; a la doble ciudadanía para latinoamericanos y españoles. Particularmente importante fue el Art. 100 según el cual “el Perú promueve la integración política, social y cultural de los pueblos de América Latina con miras a la formación de una Comunidad Latinoamericana de Naciones.” 50 años de aprismo, Andrés Townsend Ezcurra, DESA, Lima 1989.
 
Por aquellos años juveniles de los 70 y 80 aprendí de los viejos maestros y supe mediante encuestas, entrevistas, “discusiones” (¿qué iba a discutir con mis modestos veintitantos años a cuestas?) con grandes dirigentes: Haya de la Torre, Townsend, Nico Mujica, Manuel Solano, Angelmiro Montoya, muchos sindicalistas y líderes barriales y obreros, de cómo era menester esforzarse para lograr objetivos y que el congreso era una etapa de denuncia y difusión y que la presidencia apenas un tramo o camino hacia otros planos superiores.
 
Opiné sí porque Andrés Townsend Ezcurra de inmenso prestigio intelectual y llegada intensa a vastos sectores no apristas, más allá del ghetto y de la frontera partidaria, debía haber sido la llave maestra en la campaña de 1980.
 
La probanza de que la decisión de octubre de 1979 fue torpe, la dio el resultado final: el Apra perdió por casi 800 mil votos ante Belaunde.
 
La historia que vino después con las trapacerías de ciertos personajes, llegará pronto. No se encuadra en el meritorio estudio de nuestros 3 autores Roncal, Munaro y Quispe.
 
Deseo, por último repetir, otro texto breve que escribí años atrás:
 
“Hasta este año llegó la edición príncipe de El Partido del Pueblo. Historia Gráfica del Aprismo. Acaso, las nuevas generaciones, tengan para sí el honor de continuar una obra tan llena de fe, devoción y amor por lo que el Partido y su gesta significaron para el país.

Luego de penosa enfermedad y después de haber impuesto su dinámica increíble de vitalidad y noctambulismo, el 2 de agosto de 1979, Víctor Raúl partió hacia el puerto sin retorno como polvo en viaje a las estrellas. Millones de peruanos y latinoamericanos, lloraron la desaparición de este ciudadano del mundo. Era, por increíble que parezca, el punto de partida de un cisma que hizo mucho daño y causó las fricciones más lamentables que partido u organización pudieron sufrir. Costó, de alguna manera la presidencia en 1980 y posibilitó que Fernando Belaunde hiciera su segunda administración.

Entre 1985-1990, llegó al gobierno Alan García Pérez y el reto desbordó las capacidades y entusiasmos de entonces. La experiencia aún no ha sido contada del todo y aguarda a que serenos como reflexivos análisis desnuden en toda su crudeza lo ocurrido. No es a mí a quien toca hacerlo.

Creo que hacer un prólogo o una nota a algo que me tuvo entre sus autores, de repente el más humilde, resultaría incompleto si no rindiera homenaje a la figura inolvidable de Andrés Townsend Ezcurra. El nos dejó el 31 de julio de 1994. Se fue sin odios, sin enconos y así lo expresó en su libro autobiográfico 50 años de aprismo que corregí y edité en 1989. Para mí, don Andrés fue un maestro cariñoso y perdonador de muchísimas calaveradas juveniles en que incurrí entonces. Columbré con él al aprismo como una escuela de vida y no reniego ni declino de cuanto aprendí al lado de figuras como Luis Alberto Sánchez, Luis Heysen, Nicanor Mujica, Carlos Manuel Cox, Luis Rodríguez Vildósola, Manuel Solano y tantos otros.

Hoy en la tribuna de más de 40 años, confío en que los más jóvenes entiendan que el aprismo fue y debe ser, o seguir siendo, una escuela para la vida, no para la sensualidad que otorgan los buenos sueldos y las mujeres fáciles o los puestos de favor, sino escultura esforzada de artistas sociales que tienen por meta el cumplimiento de las ambiciones de pan y libertad. Recuerden que esas fueron las banderas de los chicos que cayeron combatiendo en la Revolución de Trujillo y en tantas otras intentonas insurgentes del aprismo.

A los que se fueron, a la memoria gigantesca de Víctor Raúl, en honor al fraterno Andrés Townsend y en nombre de la revolución que el Perú necesita, como dijera más de una vez, Manuel Seoane, entrego estas líneas preñadas de fraternidad, de cariño y tremenda identificación con la tierra peruana que me vio nacer y acaso algún día pueda también, como tantos otros antes, consagrar la lucha y la victoria de mis ideales para el bien del país. Amén.” setiembre 2001, Historia Gráfica del Aprismo