Beethoven: 250 años, más presente y universal que nunca

Lun, 12/14/2020 - 20:52 -- alerta
 
por Jorge Smith Maguiña; kokosmithm@hotmail.com
 
17-12-2020
 
                                               Reflexiones dispersas a la sombra de su música
 
A Lucy y Daniel
 
“Aquél que venga, después de él, no podrá seguir                                                                                sus huellas. Tendrá que comenzarlo todo de nuevo,                                                                                   pues este genial innovador, terminó llevando la                                                                                     obra de su vida, hasta los límites del arte.”                                                                                                Franz Grillparzer “Discurso en el funeral de Beethoven” 
     
Siempre tuve una especie de reticencia y hasta de temor de escribir sobre Beethoven. El problema es que cuando lo escuchas ya no lo olvidas más. No logras salir de él. Basta escuchar algunas obras de él para caer en su juego y después ya nunca se logra tener la objetividad de observarlo desde fuera.
 
Guardo todavía dos viejos long plays que mi padre compró hace unos 60 años, con la tercera y la quinta sinfonía. Antes, él me había hecho escuchar obras de Mozart y Schubert. La primera obra que escuché de Beethoven fue la sonata Claro de Luna, tocada por la profesora de música de mi hermana, que fue también la mía por algún tiempo. Escuchar sin embargo las dos sinfonías de Beethoven en esos viejos long plays, y ya desde sus acordes iniciales, un poco que me destapó el cerebro. Me pareció algo diferente, a lo poco de música que había escuchado a mis cortos nueve años. Me pareció no sólo algo diferente, sino algo único, como un sonido venido de otro mundo. Mi buen padre que me observaba mientras escuchaba, quizás se estaba diciendo para sí “Ojalá que éste, cuando crezca, no me venga a decir que quiere ser músico”.
 
Creo que escuchar a Beethoven, fue lo primero que me hizo enfrentar a algunos de los productos más grandiosos de la creatividad humana. Fueron justamente esas obras de Beethoven que recuerdo vinieron a mi memoria cuando a los quince años, vi por primera vez Machu Picchu, y cinco después el majestuoso Partenón de Atenas y también cuando una tarde de un frío invierno, unos 45 años después, me encontré solo frente al Tian Tan, el Templo del Cielo de Beiging. Mientras observaba estas obras, grandiosos testimonios de sus respectivas culturas, en el momento preciso de contemplarlas, a pesar de los años transcurridos, insistentemente volvían a mí, el recuerdo de esas sinfonías de Beethoven, con su arquitectura descomunal y al mismo tiempo tan proporcionada, sus simetrías perfectas, su mensaje épico y su belleza inagotable, desde cualquier punto del cual se las mire.
 
Una de esas cosas que siempre agradeceré a mi padre, es haberme dado esos referentes precoces, como eran las obras de Beethoven. Lo que poco a poco descubrí, fue que el mérito de Beethoven era de alguna manera, algo infinitamente mayor, pues era algo individual, mientras que Machu Picchu, el Partenón y el Tian Tan, son obras colectivas, anónimas y que de alguna manera reflejaban la creatividad y el espíritu de los pueblos que la construyeron.
 
Las obras de Beethoven, las admiramos, apreciamos y amamos porque son un portento de creación individual. Todo eso nos enseña que cuando un individuo creador, extrae, refleja y sintetiza lo mejor que hay dentro de sí y lo combina con el mensaje positivo que quiere entregar a una sociedad, el pathos y la urgencia creadora, dan lugar a obras, cuyo alcance no tiene fronteras, y que por fuerza son universales. Ese es el logró del legado beethoveniano. Por eso lo celebramos, por eso siempre Beethoven fue celebrado ininterrumpidamente, gracias a las geniales obras que nos dejó en sus casi 40 años de vida productiva. No tuvo la precocidad de Mozart o de Mendelsohn, esos elegidos por los dioses a los cuales la vida se los llevó  a una edad temprana.
 
La obra de Beethoven ha sobrevivido a todos y definitivamente sobrevivirá a una humanidad, que cuando la observamos al detalle, lo más evidente que podemos decirnos, es que no ameritaba tener a hombres como Beethoven. Estoy seguro, también, que si algún día llegan seres inteligentes de otros planetas, cuando ya la especie humana haya desaparecido de la faz de la Tierra, al llegar esos seres inteligentes aterrizaran lo más cerca posible del Zentralfriedhof (el Cementerio Central) de Viena. Sin duda, y buscando un poco, aunque cubierta por la hierba encontrarán el pequeño mausoleo del genio y se inclinarán reverentes y al partir descubrirán con sorpresa, al consultar el calendario, que aquel día era el 17 de diciembre del año 2270 y se cumplían 500 años del nacimiento de Beethoven.
 
Beethoven, Lenín, Maradona y la pandemia
 
La pandemia y sus estragos, todavía imposibles de medir en lo sanitario, económico y sobre todo social y psicológico, serán recordados como el telón de fondo del 150 aniversario del nacimiento de Lenín, de la muerte de Maradona y casi al finalizar el año, del 250 aniversario del nacimiento de Beethoven. Los tres en sus respectivos ámbitos, tuvieron logros desconcertantes, en cada uno de los casos, ellos son el ejemplo de lo que puede lograr la voluntad humana individual. En un caso como el de Lenín, por su impetuosa personalidad, su intransigencia y una oratoria inflamada, una voluntad de acero y una convicción sobrehumana, que todos le reconocemos, logró sus objetivos. En el caso de Maradona, él tuvo una creatividad increíble en el campo de fútbol y también la capacidad de tomar decisiones en una décima de segundo que le permitieron hacer algunos de los goles mas célebres de la historia. A Beethoven, le fueron suficientes unas partituras donde plasmar los productos desmesurados de su capacidad creadora, donde aterrizar con su temblorosa mano, con ese lenguaje inmaterial pero que nos hace sentir y pensar y que nos afecta de modos tan diversos, como ningún otro arte y que es la música. El, más que nadie, hizo realidad aquellas palabras de Aldous Huxley: “Hay dos formas de expresar lo inexpresable: una es el silencio y la otra es la música”.
 
El gran escritor Eduardo Galeano no se equivocó al decir que Diego Armando Maradona, era algo así como el más humano de los dioses, pues en términos racionales era difícil de comprender lo que podía hacer con la pelota cuando estaba inspirado. Pero al igual que los dioses de la mitología griega, aunque ellos eran inmortales, al margen de sus capacidades divinas, ellos como los humanos, en los actos de su existencia no dejaban de estar marcados de un sino trágico. Para los semi dioses, la situación era aún algo peor, pues algún defecto tenían, alguna falta original acarreaban, que les impedía tener una total perfección y las consecuencias de esa falta, las tenían que asumir y expiar a lo largo y ancho de la eternidad. Tal era el caso de Prometeo y de Tántalo. No es casual que Beethoven haya escrito una obra denominada, “Las criaturas de Prometeo”.
 
Maradona tenía todas las perfecciones de Pelé, de Ronaldo y de Messi, pero tenía esa contradicción trágica en su personalidad, que lo hacía vivir en una tensión permanente, al punto que terminó buscando refugio en excesos de todo tipo, que lo llevaron a un callejón fatal cuando se volvió adicto a diversos tipos de drogas, que terminaron minando su salud física y mental. Cuando regresaba a la “normalidad”, se veían en el campo de juego, rezagos de sus antiguos y grandiosos logros, pero su salud ya estaba mellada por dentro. El estrago de sus excesos ya había dejado una procesión permanente en su debilitado cuerpo. El, alguna vez, como siempre recordaremos con un tono de arrepentimiento, pronunció esas palabras casi filosóficas “No hay que manchar la pelota”. Quería significar con eso que a pesar de los arreglos y negociados turbios de la FIFA (Federación Internacional de Futbol Asociado), del fútbol como negocio y en forma indirecta denunciar también, los excesos y extravagancias de muchos deportistas que hacían dinero demasiado jóvenes y demasiado rápido, como suele ocurrir hoy en día. El defendía que el deporte del fútbol, practicado como un arte, con pasión y entrega era algo que propiciaba la virtud y el ejemplo. La vida habrá podido ser manchada
-nos decía- por inesperadas circunstancias, por el mismo entorno que tolera y a veces hasta aplaude los excesos de un deportista exitoso, pero ningún exceso debe manchar la pelota, esa herramienta sencilla que permite producir armonía y belleza como quizás, ningún otro deporte.
 
“Mens sana in corpore sano” dice el dictum latino y nadie como el gran Maradona vivió esa tensión, la conciencia dolorosa y de alguna manera culpable, de que su inteligencia futbolística ya no podía funcionar en un cuerpo que ya no estaba sano. Maradona era argentino y se ha ido apenas cumplidos los 60 años. Argentina es un país muy especial, lleno de tantas individualidades, tan talentosas en los más diversos campos. La hermosa ciudad de Buenos Aires, pasa por ser el lugar del mundo, donde la proporción de personas que están en psicoterapia en relación al número de habitantes, es la más alta del planeta. Es un país, por otro lado, con una clase política que de tiempo en tiempo hace entrar al país en trances autodestructivos realmente incomprensibles, a situaciones que desafían la razón y el sentido común, que confrontan y dividen al país. Quizás por eso mismo, Argentina precisa de tiempo en tiempo, esas ausencias inesperadas de sus ídolos, que de alguna manera son traumáticas, pero que temporalmente, por lo menos, los unen. Ocurrió con la muerte de Carlos Gardel, con la de Eva Perón, de Gustavo Cerati y ahora con la partida de Maradona. Lo han llorado y despedido, como se siente la ausencia irreversible de un hijo único, para muchos quizás también como la pérdida de un hermano y para otros, quizás como la ausencia definitiva de un padre. Millones de argentinos, por lo mismo, han visto acongojados pasar el féretro que lo llevaba a su tumba. Algo de ellos se iba con él.
 
A Beethoven y a Lenín, la vida se los llevó a una edad relativamente mas temprana aún. Al primero apenas a los 57 y al otro a los 54, cuando en disciplinas que no sean las deportivas un hombre creador, suele estar en pleno florecimiento de sus capacidades. Muchas de las más geniales obras de Haydn o de Verdi se hicieron pasados los 70 años. Lenín lideró la revolución de octubre, a la relativamente temprana edad de 47 años, para morir solo 7 años después. Ambos, el alemán y el ruso, en sus respectivos campos tuvieron vidas que podríamos calificar de épicas. Beethoven después de sus 22 años en Bonn, se mudó a Viena donde viviría los 35 años restantes de su vida. Cuando se alejaba de Viena, no era para ir muy lejos, y mas bien casi siempre, para cumplir sugerencias médicas de ir a baños termales para disminuir diferentes achaques a su salud. De Viena casi no salía, pero dentro de Viena, se mudó unas 32 veces, al igual que esas 32 sonatas para piano que reflejaron gran parte de su genio. Todos sabían en Viena quién era Beethoven o lo habían visto alguna vez, por el simple hecho que para relajarse, el compositor hacia largas caminatas casi todos los días del año, en invierno o verano, aunque lloviese o nevase, allí estaba él, caminando por sus calles, o en alguno de sus bellos parques. O bares o donde fuese. Con su apariencia y silueta tan especial,  lo muestran muchas caricaturas de la época. Era parte del paisaje urbano. Todos querían a Beethoven, todos lo admiraban a pesar de sus extravagancias.
 
En una ciudad como Viena, que tenía en 1827, el año de su muerte, unos 250,000 habitantes, se afirma con creíble certitud, que por lo menos 30,000 personas asistieron al entierro de Beethoven. Algunos grabados de la época muestran lo multitudinario que fue esa despedida. Viena, la ciudad de la música, despidió con el mayor afecto a quien encarnaba el genio musical. Y debió haber sido impresionante ver salir el féretro de Beethoven hacia el cercano cementerio de Währing. Los aristócratas vieneses, que idolatraban a Beethoven, hubiesen querido cargarlo, pero el honor de llevar en hombros el féretro le fue concedido a los mejores músicos de Viena, a los maestros de capilla, liderados por Hummel, en un cortejo donde adelante iba Schubert llevando la antorcha que precedía el cortejo. Demasiado acongojado se encontraba y hasta débil para poder cargar el féretro. Solo días antes le había hecho llegar a Beethoven, algunos de sus lieder. Como él, muchos no querían pasar a ver al maestro, que sabían tenía los días contados. Schubert moriría solo un año después, a los 31 años.
 
Lenín mas bien tuvo una vida algo errante, condenado al exilio y también al destierro, vivió esas amarguras de estar lejos de la familia y de su amada Rusia. Su apoyo y compañía fue siempre la presencia generosa y ferviente de su esposa Nadiezka Krupskaya. Beethoven, no tuvo nunca una relación femenina estable. Su personalidad tan extravagante generaba, en muchas mujeres fascinación y rechazo. Varias veces estuvo a punto de casarse, pero el pan se quemó en la puerta del horno. Tenía Beethoven, además, una repetitiva y patológica tendencia a buscarse amores imposibles, que sabía que en la práctica eran inaccesibles. Todo indica que tuvo relaciones más que amicales, con diversas mujeres y sobre todo con varias integrantes de la nobleza, y con algunas mujeres casadas incluso. Su vastísima correspondencia indica que en algunos casos hubo mas que amistad. No cabe explayarnos sobre eso, en este escrito, pero material hay de sobra para verificarlo.
 
Los inicios mismos de la revolución rusa de 1917 encontraron a Lenín fuera de Rusia, pero su intransigencia en denunciar el despotismo de los zares y de organizar a los exilados rusos en el exterior, era conocido por todos. Por eso, llegado el momento, nadie dudó de que el más indicado para conducir la revolución era Lenín. Solo alguien de una capacidad de trabajo inagotable, de una capacidad de persuasión fuera de lo común, como la tenía él, podía lograr coronar un evento tan decisorio en la historia de Europa y de alguna manera del mundo, como lo fue la Revolución Rusa de 1917.
 
Un hilo dorado, de alguna manera, hubo entre Beethoven y Lenín. El ruso había recibido una educación esmeradísima por parte de su padre que era un funcionario del gobierno y que tenía una biblioteca que lo familiarizó con la literatura rusa y francesa. Lo interesante era que la madre de Lenín era de origen alemán. Ella era también pianista y les enseñó a tocar piano a Lenín y su hermana y los dos disfrutaban tocando piano a cuatro manos. Incluso hay documentación diversa, indicando que Vladimir Illich (Lenín) muchas veces acompañó a su hermana a ver presentaciones de ópera. Gracias a su madre y a través de ella, Lenín conoció y también se interesó por la literatura alemana. De allí su interés por Goethe, como también por Schiller y a través de su madre, se interesó también por la literatura inglesa. Lenín nunca dejó de expresar su interés por la cultura alemana, y de alguna manera, creyó que si en algún lugar debería ocurrir la primera revolución proletaria, ésta sería en Alemania. La historia giró en otro sentido y paradójicamente, la revolución terminó haciéndose en Rusia, gracias al mismo Lenín.
 
Alguien de una educación tan rica y esmerada como la que tuvo Lenín, hacía que no le fuese indiferente el tema del arte en general y de la música en particular. Un gran amigo de Lenín, como lo era el gran escritor Maximo Gorki, que había estado casado con una pianista, siempre le inoculó el interés sobre la música. Lenín visitó a Gorki cuando éste vivía en Italia durante los años de exilio y se vieron mucho ya triunfada la revolución de octubre, a partir de 1917 en Rusia.
 
De esos años viene justamente ese recuerdo preciso de Gorki (1) cuando invitó a Lenín al departamento de su ex esposa, la pianista Peskvovaia, para que escuchase a un amigo de ella interpretar la sonata Appassionata de Beethoven, sabiendo que era una obra que fascinaba a Lenín. Decir que le fascinaba dicha sonata, es poco decir. A Lenín le obsesionaba escuchar dicha obra, el tono sombrío con el cual comienza y cómo, progresivamente, se va dirigiendo hacia un final feliz. Lenín veía en esta obra, algo así como una metáfora de lo que había sido  su propia vida y su larga y dolorosa lucha, hasta lograr el triunfo de la revolución bolchevique. Algunas de las reflexiones de Lenín que nos reporta el talentoso Gorki, fueron “Si sigo obsesionado por esta sonata, no tendré tiempo de culminar la revolución”. Lo curioso es que a Lenín, algo así como que le incomodaba, el hecho mismo que a él, le gustase esa sonata. Le incomodaba  que personalmente, él pudiese experimentar una emoción estética y por lo mismo placer, escuchando una música como la Appassionata que había sido producida para un público y una sensibilidad burguesa.
 
Además Lenín, había sido muy familiarizado a la música para piano de Beethoven por Inesa Armand, una pianista ruso-francesa, con la cual mantuvo una relación, de alguna manera tolerada por su esposa. Los tres convinieron incluso una temporada en una casa en las afueras de París. Para colmo Lenín, hizo que Inesa fuese, fuera de su esposa, una de las mujeres que se embarcaron en el tren blindado que partiendo de Suiza, atravesó Alemania y luego a través de los países nórdicos se dirigió a Rusia. El tren cargado de una treintena de dirigentes comunistas llegó hasta la estación de Finlandia en San Petersburgo, dando inicio a la revolución rusa.
 
También se cuestionaba el obsesivo Lenín, el por qué le gustaba el arte griego, cuando aquellos que construyeron el Partenón, crearon las tragedias griegas y las comedias de Aristófanes, cuando ese arte era de los griegos que vivían en una sociedad que era todavía una sociedad esclavista y en la cual los usufructos de la denominada democracia, eran privilegio solo de los ciudadanos libres, lo cual le parecía intolerable a Lenín. En eso, sus reticencias o hasta podríamos decir remordimientos, de alguna manera caían en el vacío, pues uno puede tener gusto o interés por la música barroca y no por eso defender una ideología monarquista.  No sabemos si Lenín supo que dos de sus admirados y hasta venerados maestros, tenían admiración por obras que suponían una ideología muy diferente de aquella que defendían. Las fotos de ellos, durante años, junto a la suya, adornaban los muros de la Unión Soviética. Me refiero a Marx y Engels. Marx podía recitar largos párrafos de la “Divina Comedia” de Dante (2), aun a sabiendas que el poeta italiano era partidario del papado y también que Engels, el generoso compañero de Marx, gustase más las novelas realistas del burgués Honoré de Balzac, que los escritos de carácter socialista del francés Lafarge y de Sué.
 
Las convicciones políticas de Beethoven
 
Beethoven, a su manera, vivió las contradicciones que vivió Lenín, en sus reticencias políticas, pero el maestro de Bonn, las vivió dentro de su espíritu creador. En eso Beethoven era menos intolerante que Lenín y sus gustos sobre muchas cosas, en no poco reflejaron una época de profundas y hasta violentas mutaciones como las que le tocó vivir. La revolución francesa se produjo cuando Beethoven tenía apenas 19 años. El evento suscitó su interés y su adhesión. El ruso vivió siempre la tensión entre la ética inherente a la acción política, que implicaba una entrega total y la sensibilidad burguesa hacia el arte. Beethoven vivió sin duda lo mismo, pero de otra manera. Hasta la edad de 22 años vivió en su ciudad natal Bonn, y de alguna manera recibió los ecos de la revolución francesa que ocurrieron en 1789. Bonn no esta muy lejos de París, como sí lo estaban San Petersburgo y Moscú. Estos años formativos recién se están estudiando de una manera exhaustiva (3). Los nuevos ideales de Libertad, Igualdad y Fraternidad inflamaron a Beethoven, desde el inicio y quizás progresivamente menos, el tema de la Igualdad, en una época en que las diferencias de clase eran muy marcadas y en las que el acceso a la educación y por lo mismo a tener una sensibilidad a ser receptivo a obras de arte, por lo menos en la forma que el compositor las concebía, era un privilegio de pocos. Los ideales revolucionarios franceses siempre los tuvo presentes y de allí también su interés temprano por la obra de Schiller, cuya Oda a la Alegría, ya la conocía Beethoven casi 30 años antes de introducirla en su Novena Sinfonía.
 
Apenas llegado a Viena, de alguna manera Beethoven ocupó el lugar dejado por Mozart en 1791, que había muerto, un año antes de su llegada. Era un intérprete requerido desde todos lados y un compositor exitoso capaz de recibir más pedidos de composiciones que las que podía cumplir. Desde su llegada a Viena, Beethoven tomó conciencia, que su nicho de público de alguna manera era la nobleza y sus alumnos. Podemos decir, mas bien sus alumnas, las cuales eran chicas de la alta sociedad vienesa, por no decir de la nobleza. A Beethoven sin embargo le molestaban los modales acartonados de la nobleza, la actitud un tanto servil y reverente que la creciente clase burguesa tenía hacia los nobles y la deferencia misma, que los grandes artistas de su tiempo tenían hacia ellos. Las mentalidades y los comportamientos, no cambiaban tan rápido como los cambios políticos que se estaban dando. Habían incluso avances y retrocesos. Goethe mismo, hacia quien Beethoven tenía una admiración sin limites, en los pocos días que se encontraron, le sorprendió que tuviese deferencias exageradas hacia la nobleza. Una vez lo notó en el comportamiento de Goethe, hacia la comitiva de la esposa del duque, con los cuales se cruzaron en sentido contrario, mientras caminaban dando un paseo juntos, estos dos gigantes de la cultura alemana. Beethoven de alguna manera le dijo a Goethe: “Son ellos que deberían saludarnos a nosotros”. Era claro que el autor del Fausto había sido educado a la usanza del antiguo régimen, y que su talento y ya consagrada celebridad, no lo eximía de guardar los antiguos modales, aunque Goethe mismo era un noble y era además ministro del pequeño ducado de Weimar, donde él vivía.
 
Los nobles instalados en Viena y muchos otros, literalmente, adoraban a Beethoven. Literalmente se desvivían por tenerlo en sus palacios o invitarlo a cualquier evento que patrocinasen. Lo que ocurre es que si en algún lugar, se puede decir que hubo un despotismo ilustrado, fue en la corte de los Habsburgo y la nobleza instalada en Viena. El refinamiento intelectual, el gusto por el arte y sobre todo la pasión por la música, era de un nivel nunca antes logrado, y que no se repitió en ningún lugar (4). El embajador de Francia en Viena en esos días era nada menos que el Mariscal Bernardotte, uno de los mas fieles lugartenientes de Napoleón, que se casó con una concuñada de José Bonaparte, hermano de Napoleón. El hábil e ingenioso Bernardotte, años después, terminó incluso siendo rey de Suecia. En algún momento en 1798 cuando vivió en Viena, habría hecho saber, que le encantaría que Beethoven escribiese alguna sinfonía sobre Bonaparte, enterado sin duda del fervor republicano y admiración por Napoleón, que se le conocía a Beethoven. El embajador ruso en Viena, era Razumowsky, a quien Beethoven dedicó algunos de sus más bellos cuartetos y quien fue desde que llegó a Viena, alguien muy cercano al compositor.
 
Los embajadores en Viena, apenas llegaba un miembro de la casa real de su país, se desvivían por presentárselo a Beethoven. Así el maestro tuvo una gran amistad con el príncipe Galitzin de Rusia, quien estrenó en Rusia algunas de sus obras. De igual modo los nobles ya instalados en Viena como los príncipes Lichnowsky y Lobkobitz así como la condesa húngara Erdödy y el principe Kinsky, así como también el conde Waldstein, a quien dedicó una de sus más bellas sonatas. Todos ellos eran muy cercanos al compositor. Incluso en un momento en que Beethoven, algo indigestado de Viena, estuvo tentado de ser contratado para ir a trabajar al norte de Alemania, donde un hermano de Napoleón ocupó un cortísimo reinado, al enterarse del hecho varios nobles vieneses capitaneados por el archiduque Rudolph, hermano del emperador, el príncipe Lobkovitz y el príncipe Kinsky hicieron una bolsa de dinero para garantizarle una suma de dinero que le diese una pensión anual vitalicia, para que Beethoven no abandonase Viena. La suma no era poca, pues era una pensión de 4,000 florines de la época, lo que es el equivalente a unos 120,000 dólares actuales. No es poco dinero, ni en aquella época ni ahora. Eso indica la altísima estima en la cual los vieneses tenían a los artistas. Para ellos era un privilegio tener como vecino al genial compositor, aunque sus hoscos modales que fueron acentuándose conforme avanzaba su sordera, hicieron que hubiese un distanciamiento por parte de algunos. Beethoven sin embargo siempre guardó una gran gratitud por todos ellos, a casi todos les dedicó algunas de sus obras. Incluso la 3ra. Sinfonía, que era de sus obras, la que Beethoven más amaba y que inicialmente iba a nombrarse “Napoleón” y que quiso dedicársela al gran corso. Desilusionado por el acuerdo hecho por Napoleón con el papado, la disolución de la república y el auto coronamiento de Napoleón como emperador, esto dio lugar a que la dedicatoria cambiase y la obra terminó siendo dedicada al príncipe Lobkovitz, a quien dedicó también años después la 5ta y la 6ta sinfonía. Era increíble la importancia que tenía la música para la nobleza vienesa y el caso mas especial era el de Lobkovitz, quien no solo apoyaba a Beethoven, sino estaba obsesionado por hacer y mantener una sala de conciertos en su palacio y de mantener por sí solo una orquesta, por lo cual terminó, incluso, arruinándose.
 
Beethoven de alguna manera, intuyó que progresivamente las decisiones que iba tomando Napoléón, poco a poco traicionaban los ideales republicanos de la revolución y erosionaban los ideales de fraternidad y que al consolidarse en una autocracia terminaría por pisotear los derechos individuales. Eso fue una gran decepción para él. El tema de la igualdad, está claro que era algo meramente declarativo. Con algunos logros, sobre este tema, el mundo actual sigue con las mismas brechas, aunque la nueva lectura de la democracia no es el que todos sean iguales, sino que tengan igualdad de oportunidades. En una época de grandes mutaciones, como la que estaba viviendo el compositor, era imposible tomar partido definitivo por uno u otro bando. Ambos bandos coexistían en múltiples formas y situaciones.  Beethoven vivió esa contradicción. Mozart ya la había vivido de alguna forma, al querer instalarse por su cuenta en Viena. Ambos tuvieron ingresos irregulares por su trabajo de compositores, pero evidentemente los tenían, pero no tuvo Mozart en su corta vida esa preferencia tan explícita de apoyo financiero como la que le dio, la nobleza establecida en Viena a Beethoven.
 
Por otro lado, en la época del compositor se vivía todavía los rezagos de formas musicales como el barroco y Beethoven ayudó a consolidar la forma clásica que ya había sido encarnada por Haydn y Mozart. Lo que sí estaba cambiando, era que los conciertos y las manifestaciones musicales no se daban solamente en los palacios o en las iglesias o en los salones de música de la nobleza. Ya comenzaban a haber teatros que eran administrados por personas privadas, que vendían suscripciones a conciertos. Pero fuera de las condiciones y espacios donde se producía música, era ese nuevo lenguaje musical que estaba introduciendo Beethoven, que a veces generaba, resistencias y desconcierto, pero también fascinación. Beethoven terminó imponiendo sus creaciones a un público tan exigente como el vienés, en una ciudad llena de tantos artistas talentosos. En el nuevo lenguaje musical que estaba creando, Beethoven introducía su emotividad personal y hasta sus ideas, y eso era algo totalmente inédito en el lenguaje musical. Eso le dio un sello inconfundible a su obra y abrió nuevos derroteros al arte musical que los músicos románticos se encargaron de consolidar. En eso, siendo clásico, al acentuar el elemento expresivo, Beethoven se convirtió en un precursor y un referente de los compositores románticos, que de alguna manera lo reclamaban como su progenitor, Schubert y Schumann, sobre todo, por solo citar algunos. Cuando escuchamos muchas obras de Beethoven nos da la impresión que hay un pleito cósmico que se está  jugando, pero también hay un relato personal que se nos cuenta.
 
Muchos han dicho que la música de Beethoven es una de las primeras en transmitirnos ideas, no sólo una forma de sentir sino también de pensar las cosas. Un hombre tan lúcido como el sociólogo francés Edgar Morin, que a pocos meses de cumplir 100 años, sigue siendo tan lúcido y productivo, nos dice que el descubrimiento y la frecuentación de la obra de Beethoven, fue de una gran influencia en su formación intelectual, equivalente a la que después tuvieron diversos filósofos o escritores sobre su obra. En sus bellas memorias, Morin nos cuenta cómo a los 14 años, descubrió escuchando en la radio la 6ta. Sinfonía, la Pastoral de Beethoven, y de allí en adelante iba todas las semanas a los conciertos, pero sobre todo cuando se interpretaba Beethoven. Recuerda que el escuchar la Novena sinfonía, fue algo crucial en su vida. “Mis cabellos algo así como que se me pararon, sentí una especie de éxtasis inesperado. Algo totalmente desconocido y comprendí que por fin había encontrado algo equivalente a la verdad” (5).
 
La música en sí, es un lenguaje abstracto, que permite diversas lecturas y reacciones, pero es cierto que como ningún arte, música sobre todo como la de Beethoven, es algo que encierra dentro de ella muchísimos niveles. Sus obras, contienen una lucha, una oposición de temas que es lo inherente a la forma sonata, pero que para nuestra subjetividad, es una lucha, que busca una solución, una resolución que conduce a una especie de luz, a un sentimiento de libertad y de entusiasmo y que es lo que subjetivamente se denomina el triunfo del héroe. El tema de la libertad y la luz son permanentes en la obra del compositor y explícitamente en su única opera “Fidelio”. Las obras principales de Beethoven, usualmente comienzan en notas menores y a veces en una atmósfera muchas veces sombría, dubitativa y confusa pero luego terminan en una triunfante nota mayor. Beethoven induce a una especie de energía, que algunos podrían llamar fe o esperanza, que se explicita claramente en su Novena sinfonía, y evidentemente también en sus conciertos para piano y muchas de sus obras. Al hablar exhaustivamente con amigos músicos, esa es la sensación común y la idea que tienen al escuchar o interpretar Beethoven y hasta podría decir que ese es el sentir universal que induce su música. He escuchado está opinión convergente en músicos de los mas diversos continentes y nacionalidades. Hay un élan vital en Beethoven, algo que aún en sus mas pesimistas momentos no deja de afirmar la vida. Su música es radioactiva, es energía pura. Por eso la obra de Beethoven marca un antes y un después en la historia de la música. Por eso algunos directores de orquesta me han dicho que después de haber dirigido todas las sinfonías de Beethoven, la percepción que tienen de su profesión y lo que significa la música y de alguna manera el arte, tienen otra significación en sus vidas.
 
Hay una coherencia interna increíble en la música de Beethoven. Ya sea en sus grandes obras sinfónicas, su ópera Fidelio o la Misa Solemnis, ya sean sus sonatas o conciertos, o las cortísimas Bagatelles, que son sonatas que duran solo unos minutos, forma y fondo tienen una calidad equivalente.
 
No hay lugar para la banalidad en Beethoven. Pequeña o grande que sea la forma musical que utiliza Beethoven, la densidad y consistencia de su pensamiento musical siempre es la misma. En lo macro y en lo micro, Beethoven siempre tiene la misma calidad, en todas mete todo el paquete, rigor formal y calidad expresiva en forma equilibrada. Ningún músico ha logrado eso con la misma regularidad a lo largo de toda su existencia creadora y manteniendo al mismo tiempo un altísimo mismo nivel.
 
La tragedia de la sordera en Beethoven: los efectos en su vida y su obra
 
Beethoven comenzó a tomar conciencia de que estaba perdiendo la audición a una edad muy temprana, aproximadamente a los 26 años, cuando ya estaba instalado en Viena, como concertista y compositor y con un futuro muy prometedor. Aún cuando los medios para medir el grado de sordera que uno tiene eran muy rudimentarios en la época, se considera que hacia 1802, a la edad de 32 años, Beethoven ya había perdido un 60% de su capacidad auditiva y unos 15 años después, casi el 80%.
 
Evidentemente eso no dejó de tener consecuencias, quizás no en su trabajo de compositor en un primer momento, pero progresivamente, sí en su vida de interprete, de director de orquesta y, sobre todo, en sus relaciones personales. Estas últimas se deterioraron mucho. La forma artesanal de salir del apuro para comunicarse, fue el uso de los llamados CUADERNOS, que era donde le escribían a Beethoven lo que le querían decir o preguntar a lo cual él respondía verbalmente. De todas maneras, la sordera lo llevó a establecer una relación epistolar muy rica con muchísimas personas, sobre todo con las mujeres con las cuales tenía algún tipo de relación. Caso muy preciso es la relación que mantuvo Beethoven con Nanette Streicher, a quien con su esposo los conoció apenas llegó a Viena en 1792. Ellos tenían una fábrica de pianos. A ella, a Nanette Streicher, Mozart la había conocido de niña y le vaticinó una buena carrera como pianista. Ella y su esposo tenían uno de los mejores salones musicales de Viena, por el hecho mismo que fabricaban pianos. Beethoven congenió muy bien con ellos, pero conforme pasaron los años la amistad hacia ella se convirtió en otra cosa y hasta generó una especie de dependencia psicológica. Beethoven pasaba gran parte del tiempo mudándose de un lugar a otro, cambiando siempre de criados y de asistentes pues era muy desconfiado, y tenía un apoyo permanente para todo eso en Frau Streicher. El buscaba cualquier pretexto para pedirle que ella venga a verlo. En un cortísimo lapso de tiempo, por ejemplo pocos meses en 1817, hay más de 60 cartas dirigidas a ella. Ya las visitas tan constantes comenzaron a generar múltiples sospechas, en una ciudad muy dada al chisme como siempre lo fue Viena. Las notas al respecto de estudiosos tan serios como Maynard Solomon (6), en su magistral biografía de Beethoven, y los estudios más específicos de Sterba (7), sobre la correspondencia de Beethoven, muestran la evidencia de esta relación, que era algo más que una simple amistad. Por mutuo acuerdo, Beethoven y la señora Streicher, tuvieron que cortar por lo sano. Solomon, incluye en su biografía dos misivas muy precisas, concernientes a esta relación, cuando ambos tomaron esa decisión: “Me alegro ver que usted misma comprenda, que para mí es imposible volver a poner el pie en su casa” escribió Beethoven, para luego agregar, “Sería bueno para usted, como ciertamente lo sería para mí, que no permitiéramos que mis dos criados adviertan que lamentablemente ya no puedo tener el placer de ir a verla. Pues si no respetamos este distanciamiento, pueden sobrevenir consecuencias muy desastrosas para mí, porque podría parecer que en este aspecto usted desea separarse del todo”. Mas claro que el agua. La relación era fuerte. Había que cortar. Se perdona el pecado, pero no el escándalo.
 
Paralelamente a su sordera, algo que podemos decir que terminó envenenando la vida relacional de Beethoven, fueron las diversas disputas de todo tipo y sobre todo de carácter legal que tuvo con su cuñada Johanna van Beethoven, viuda de su hermano fallecido en 1815. Beethoven le tuvo una enemistad y desconfianza a ella. Se empecinó en una lucha sin cuartel con su cuñada por la custodia de su sobrino Karl, aduciendo que su cuñada era una irresponsable y una libertina. Todo indica que el sobrino no siempre se encontraba feliz de convivir con su tío que además de su sordera que dificultaba la comunicación, tenía un comportamiento muy tiránico con él. Beethoven en diversas ocasiones lo puso en diversos internados privados que le costaban mucho dinero, pero a ningún precio quería que el sobrino viviese con su madre natural. El resultado fue que muchas veces el sobrino se fugó para ir a ver a su madre. Ya entrada la adolescencia, el pleito entre Beethoven y su cuñada seguía, y terminaron yendo a los tribunales para definir la custodia. Beethoven incluso utilizó la llegada que tenía hacia miembros de la nobleza y sobre todo el archiduque Rudolph para que el fallo sobre la custodia salga a su favor y de alguna manera lo logró. Eso no resolvió las cosas, pues las relaciones continuaron siendo tensas entre tío y sobrino. Hasta que llegó un momento en que el adolescente desesperado quiso suicidarse, lo cual fue un episodio muy penoso que llevó a la desesperación a Beethoven. Eso ocurrió apenas pocos meses antes de su muerte. Hubo una reconciliación del sobrino con el tío, pero el episodio agravó incluso la salud mental de Beethoven que ya se encontraba en un estado de salud física lamentable.
 
Lo realmente extraño, es que si bien los pleitos con su cuñada fueron interminables, en los años centrales de dichos pleitos, que fueron entre 1817 y 1820, y que las cosas fueron a los tribunales, robándole un tiempo precioso a Beethoven, la regularidad de su capacidad productiva no cambió. Claro que Beethoven perdía mucho tiempo y que si no lo hubiese perdido nos hubiese dado unas 20 ó 30 más geniales obras. Esos años fueron una época de excepcional creatividad. Es cierto entonces, que muchas veces algunos tipos de tensiones exacerban la capacidad creadora. Los genios tienen una forma casi esquizofrénica de funcionar mentalmente. Nada interrumpe la unidad interna de su obra creadora. Definitivamente están en otro mundo, aun cuando en muchas cosas, comparten y hasta se deleitan de pasar las mismas miserias que el común de los mortales.
 
Beethoven como sabemos, perdió a su madre a los 17 años y como hermano mayor, pasó a tomar las riendas de la casa. El mismo hecho de que su padre que tenía un alcoholismo crónico, era incapaz de administrar el hogar. Era muy penoso para Beethoven y sus pequeños hermanos ir a buscar a su padre, que era músico, para traerlo a casa, en un estado etílico lamentable. En realidad eso hizo a Beethoven, sentirse doblemente huérfano, sin madre y con un padre funcionalmente ausente. Todo eso, desarrolló en el genio de Bonn, un comportamiento resiliente, que le permitió también salir adelante en el futuro, a pesar de la sordera que deterioró su vida relacional. El quiso siempre tener una familia y de alguna manera esa obsesión de obtener la custodia de su sobrino, era tener la posibilidad de asumir un rol de padre pues nunca tuvo hijos propios.
 
Muchos estudiosos piensan que Beethoven, hubiese de alguna manera querido formar pareja con la viuda de su hermano, con Johanna, pero Beethoven , nunca le perdonó el comportamiento que ella tuvo con su hermano. Al referirse sobre ella, escribiendo a terceros siempre lo hace de una forma muy hiriente por no decir violenta. Evidentemente cuando de la misma forma se refería Beethoven sobre Johanna, al hablarle a su sobrino, eso le parecía al sobrino intolerable. Al final llegó a una buena reconciliación con su sobrino Karl, quien siguió una carrera en el ejército, para después retirarse y a quien lo dejó además como único heredero, e indirecta y póstumamente podemos decir que se reconcilió con su cuñada. Un testimonio por lo menos, de los que estuvieron presentes en el momento que expiró el genio, el testimonio de Anselm Huttenbrenner, indica que Johanna estaba presente, como también el inefable Schindler. No nos sorprendería que dicha reconciliación se haya producido póstumamente. Beethoven, no había dejado de sentir una cierta culpabilidad, de que obsesionado por su vehemencia de tener la custodia, estaba privando a Johanna de su hijo y a Karl de su madre. Hombre sensible después de todo, Beethoven se guardaba para sí mismo esta culpabilidad. No es por lo mismo gratuito que en uno de sus esporádicos diarios, en días que tenía sus pleitos ante los tribunales, había transcrito estas palabras de Schiller, su admirado poeta, “Siento y comprendo profundamente eso, que la vida, no es quizás la principal de todas las bendiciones, pero lo que sí puedo decir, estoy seguro, es que la culpa es el peor de todos los males”. Johanna además, sí estuvo además presente en el entierro de Beethoven, con Karl, con los leales hermanos von Breuning y otros cercanos.
 
Beethoven se podría decir, que al nombrarlo heredero a su sobrino Karl, lo dejó bien parado. Tenía acciones bancarias, por no menos de 8,000 florines y con sus pertenencias que se vendieron, la suma alcanzo unos 10,000 florines, lo cual era el equivalente actual de unos 300,000 dólares. Viena, fue siempre una ciudad muy cara, y los ingresos de los buenos músicos y compositores eran superiores a los que se cree.
 
Debe haber sido muy caótico para cualquiera, cohabitar o tener una relación seguida con el compositor, por lo desordenado y extravagante que era en su vida cotidiana. Los grandes creadores, suelen ser gente muy desadaptada y Beethoven no fue una excepción y si a esto se agregaba la sordera y los permanentes problemas de salud, la situación se vuelve explosiva. Creemos que de lo mucho que se ha escrito sobre la personalidad de Beethoven, es Maynard Solomon, quien logra en pocas líneas hacer el mejor retrato, sobre lo contradictoria y compleja que era la personalidad de este genio. En su biografía hay momentos de análisis realmente luminosos, como el que transcribimos:
 
“En las tabernas o restaurantes, se disputaba con los camareros acerca del precio de cada artículo, o pedía su cuenta sin haber consumido. En la calle, sus gestos exagerados, su voz estridente y la risa resonante determinaban que Karl se sintiese avergonzado de caminar con él y suscitaba en los transeúntes, la idea de que era un loco. Los palomillas de la calle se burlaban de su figura, rechoncha y musculosa, con su sombrero de copa de forma incierta. Así recorría las calles de Viena, ataviado con un largo abrigo oscuro que le llegaba casi a los tobillos, llevando un monóculo y deteniéndose a cada momento para escribir garabatos en su anotador, mientras tarareaba y canturreaba con voz desafinada.”     
 
La popularidad permanente de la obra de Beethoven, su difusión y universalidad
 
Varios elementos confluyeron para que Beethoven tuviese la popularidad universal que hasta hoy conserva. Esta además, fue ininterrumpida, pues al margen de su belleza, las innovaciones formales y estilísticas que él le impuso a la creación musical, al margen de hacer de la música un medio privilegiado de expresión personal, el estreno, la impresión y la difusión de sus obras se debe no sólo al apoyo de los nobles que eran fanáticos de él, incluso aun al final de su vida, en que su música por ser excesivamente abstracta dejó un poco de ser popular. El rol de tuvieron sus editores, Artaria y Breitkopf und Härtel y al final Söhne, no han sido relevados quizás con la importancia que se debe. Ellos fueron visionarios, en percibir mas allá del éxito comercial, lo novedoso e importante que era la obra de Beethoven. Esto, está atestado por una cuantiosa correspondencia sobre todo de los últimos años de la vida del genio (7). Sus editores eran muy comprensivos con él, pues Beethoven no era una persona fácil de tratar. Su escritura musical, era a veces muy difícil de descifrar y generaba problemas para ser transcrita y editada a partir de los originales. Beethoven tenía poca paciencia para hacer las correcciones debidas y eso era un dolor de cabeza para sus pacientes editores. Con uno de sus editores tuvo incluso un juicio, que pudo haberle cerrado varias puertas, pero al final se llegó con ellos a un acuerdo.
 
Un papel importantísimo que hubo para la difusión de su obra fue la aparición de un pianista y compositor extraordinario como lo fue el húngaro Franz Liszt, a quien Czerny, el discípulo de Beethoven se lo llevó para que lo escuchase cuando Liszt tenía unos 11 años. Beethoven de quien se sabe tenía aberración a que le trajesen niños prodigios, aceptó a regañadientes, a insistencia de Czerny, pero al final lo escuchó sorprendido. Esa sola ocasión la recordó toda su vida Liszt, pues después de escucharlo, Beethoven dijo “Este joven dará que hablar en el futuro”. La obra de Beethoven influenció mucho la de Liszt y el húngaro, queriendo difundir la obra del maestro, hizo una transcripción para el piano de todas las sinfonías de Beethoven. Algo ya de por sí, difícil de hacer por la complejidad armónica de las obras del maestro. Para la Novena sinfonía, fue incluso necesario que la transcripción fuera hecha para dos pianos, pues cuando interviene la transcripción de la parte coral, en el último movimiento de la sinfonía, la misma era ejecutada por otro piano.
 
Transcribir las sinfonías era una cosa y la extrema dificultad de tocarlas era otra. El genial pianista que era Liszt, era el único capaz de tocarlas en sus recitales. El buscaba, tantas veces como podía, incluir en sus recitales la ejecución de una sinfonía de Beethoven transcrita para el piano. Eso permitió, gracias a Liszt, que estaba en giras permanentes por toda Europa difundir la obra sinfónica de Beethoven, hacerlas llegar a lugares donde no había orquestas sinfónicas y sabemos, lo costoso que era en la primera mitad del siglo XIX, encontrar orquestas que pudiesen tocar sinfonías tan complejas como las de Beethoven. Liszt, fuera de sus talentos como compositor y pianista, era un marketero genial (8), de alguna manera le debemos a él, la idea de hacer recitales para piano solo, de escribir lo que denominó “poemas sinfónicos” que eran sinfonías de un solo movimiento y tantas nuevas formas de difundir el arte musical. El ayudo también, a revalorizar y difundir la música popular de su Hungría natal, escribiendo libros al respecto y dando algo así como un modelo de acción a todos los nacionalismos musicales que surgieron después, paralelos a las guerras de independencia de sus respectivos países.
 
Liszt, al ver el éxito que tenían las reducciones al piano de la obra sinfónica de Beethoven, se aventuró a hacer también transcripciones y variaciones de partes de diversas obras de ópera de Mozart, Rossini, Verdi, entre otros, que él denominó fantasías. Lo mismo hizo sobre la obra de quien después fue su yerno, nada menos que Richard Wagner. El estuvo al origen, por otro lado, de toda una escuela de piano que se transmitió de maestro a discípulo sobre la forma de interpretar Beethoven al piano. Fue discípulo de Czerny, quien lo había sido de Beethoven y quien lo presentó al genio. Liszt tuvo después como discípulo a Martin Krause, el cual a su vez fue maestro del chileno Claudio Arrau (9), de Edwin Fischer y varios de los grandes pianistas que se formaron en Berlín a comienzos del siglo XX, y a quienes logramos escuchar varias veces en vivo, pues estuvieron vigentes hasta la tercera parte del siglo XX. Es cierto que escuchar tocar Beethoven a Arrau era una experiencia única y las grabaciones de sus magistrales interpretaciones de las sonatas de Beethoven y sus conciertos para piano, grabadas varias veces, dan testimonio de su talento interpretativo. Arrau era el último representante de una estirpe interpretativa que nos remitía hasta Beethoven. Había no solo una energía descomunal en sus interpretaciones, ese ímpetu demoniaco que sin duda tenía Beethoven cuando interpretaba sus propias obras, pero también la densidad y la profundidad meditativa, que se sentía en cada acorde, en cada frase musical. Esa densidad que solo se logra por una frecuentación y entrega total a la obra de un compositor y cuando se conoce la totalidad de su universo creador.
 
El otro gran intérprete de Beethoven fue Wilhelm Kempff, cuya formación venía de un linaje mas ligado a Schumann, quien con su esposa Clara fueron también extraordinarios intérpretes del maestro de Bonn. Escuchar a Kempff era otra cosa, otro tipo de experiencia, otra atmósfera, menos virtuosa pero igualmente intensa. Kempff era uno de los últimos Kapellmeister (maestros de capilla). El alemán y el chileno tenían dos lecturas diferentes de Beethoven, que mostraban la elasticidad de lecturas que podían suscitar las partituras del compositor.
 
La pedagogía musical ha avanzado mucho y los pianistas, sobre todo cada vez más jóvenes, logran tener una formación técnicamente impecable y que les permite tocar literalmente cualquier cosa desde muy jóvenes. Digo tocar, pues interpretar una obra es algo diferente. El problema es que la competencia en el mercado musical es muy feroz y hasta despiadada por las exigencias del mercado del espectáculo. La exigencia hace que toquen mucho, demasiado quizás. Un día dan un concierto en Lima y al día siguiente en Sao Paulo y tres días después en New York, tocando programas diferentes. Eso les impide interiorizar bien la obra de un compositor, sobre todo de uno tan complejo y denso, con múltiples facetas como lo es Beethoven.
 
Los pianistas modernos tocan bien, sería absurdo y tonto negarlo. Tocan con extraordinario virtuosismo y a veces con una sonoridad impresionante, en ocasiones simplemente acelerando el ritmo, como si estuviesen apresurados para ir al aeropuerto. Muchas veces, salvo excepciones, podría decirse que son acróbatas del piano, mas que artistas que utilizan el piano para transmitir una obra de arte. En Rusia todavía se mantiene un acercamiento reflexivo sin dejar de ser virtuoso en la interpretación. No siempre suele ser el caso de los pianistas asiáticos, impecables técnicamente, pero que están lejos de transmitir, el mensaje que en sus interpretaciones nos dejaban los grandes maestros del piano al tocar Beethoven, Arrau y Kempff desde ya, pero también el austriaco Schnabel y los rusos Guillels y Richter y sin ir mas lejos a los grandes argentinos, que siguen vigentes todavía, como lo son Argerich,  Barenboim y Gelber. Para deleite nuestro, todas esas interpretaciones están gratuitamente disponibles en YouTube. Basta escuchar y comparar y por simple deducción comprender quién está más cerca de la forma como Beethoven hubiese querido que se transmitan sus obras.
 
Este 17 de diciembre, en todos los conservatorios del mundo las obras del genio de la música estarán presentes, y también en los pequeños teatros de pueblitos de su país natal que fue Alemania y de su país de adopción como lo fue Austria también se le interpretará. La pandemia será un obstáculo en algunos casos y no permitirá los conciertos multitudinarios que hubiese merecido, alguien que nos dio una obra con un mensaje que quería que llegase a todos.
 
El mes de diciembre es un mes muy especial en lo que concierne a la difusión de la obra del maestro de Bonn. En Alemania, sobre todo, el día de año nuevo se suele tocar la Novena sinfonía, que desde la caída del muro en 1989 se convirtió en una especie de nuevo himno para los alemanes y terminó siendo de alguna manera el himno de la Unión Europea. Sin embargo, el país donde más noté que había un interés casi obsesivo por interpretar a Beethoven en el mes de diciembre, es en el Japón. Prácticamente todas las asociaciones de música de ese país que tienen algún grupo coral o una pequeña orquesta, preparan un concierto para interpretar dicha obra. Hay asociaciones que incluso existen específicamente para eso, las llamadas DAIKU WO UTAU KAI, que son las asociaciones cuya razón de existencia es prepararse para cantar la Novena sinfonía en diciembre. Es una tradición que ya tiene unos 80 años y fue instaurada por un director alemán que trabajó en Japón en los años 30 del siglo pasado. Esta pasión por interpretar a Beethoven, alcanza proporciones difíciles de imaginar y en los grandes conciertos que a veces se han dado en Tokio u Osaka, han participado a veces unos 10,000 coristas. Algo desmesurado, pero de alguna manera proporcional y merecido, al inmenso talento de este genio, cuyo 250 aniversario festejamos en una fecha precisa, pero cuya obra poderosa, inmensa y eterna, iluminará siempre nuestra existencia.
 
Para ser un aniversario tan importante de un genio de tal envergadura, el año 2020 no se ha caracterizado mucho, por ser un año que nos dé una rica cosecha en estudios sobre Beethoven. Ha habido muchas reediciones, es cierto y lo cual aplaudimos. Siempre estarán disponibles, las biografías idealizantes y clásicas de Romain Rolland y Emil Ludwig, escritas antes de que se descubriese un acervo documental que ha dado muchas luces y ha modificado en mucho, la percepción de la compleja personalidad del compositor.
 
Hoy disponemos de casi la casi totalidad de la masa documental concerniente a la vida de Beethoven, que es mucha y muy dispersa. Gran parte de esta dispersión se debe al irresponsable comportamiento que tuvo Schindler, quien era asistente del maestro en el momento de su muerte. Prácticamente él se llevó la mayor parte de los escritos, cartas, obras inconclusas, manuscritos y archivos de Beethoven y las vendió para provecho propio. Ese irresponsable proceder de Schindler hizo que pasado el tiempo, muchos documentos del genio, apareciesen en los lugares más recónditos del mundo, después de haber pasado de mano en mano.
 
En múltiples casos no se conocían, muchos documentos públicamente, pues eran guardados como reliquias. Para colmo, Schindler destruyó muchos documentos, se calcula un 70% de los Cuadernos, donde la gente le escribía a Beethoven. Beethoven escribió muchísimas cartas y uno que otro día aparece alguna y se vende en alguna subasta pública. Felizmente la Biblioteca del Congreso de Washington, la Biblioteca Pública de Nueva York, la Morgan Library de la misma ciudad, la Biblioteca Nacional de París y evidentemente diversos museos de Viena o bibliotecas y archivos de Alemania y Austria, conservan en un excelente estado lo que se ha podido recuperar de la obra del compositor.
 
En esos diversos lugares hemos podido contemplar, muchas veces, emocionados, esos envejecidos documentos, donde alguna vez se posó la mano de un creador absoluto. Creemos que después de las biografías del norteamericano Maynard Solomon, los esposos franceses Brigitte y Jean Massin, y hace poco en 2017 la del también norteamericano Jan Swafford, titulada “Beethoven: tormenta y triunfo” (11) que tiene cosas interesantes pero no tan novedosas, en realidad no han aparecido estudios que susciten mayor interés, en lo que concierne a lo biográfico.
 
El catálogo de las obras del maestro, ya podemos decir que es definitiva. La última obra sobre la totalidad de la vida del genio, que ha sido lanzada justamente por el 250 aniversario a fines de setiembre, es la fascinante obra del holandés Jan Caeyers, “Beethoven: A life” (12) y ya con eso, poco es lo que se podría agregar a la parte documental de la vida del compositor. En realidad esta última obra, es la traducción al inglés de una obra ya aparecida originalmente en alemán el 2015, pero la traducción está ampliada con interesante información de tipo sociológico sobre el contexto en el cual transcurre la formación inicial de Beethoven.
 
Lamentablemente la pandemia ha hecho que difícilmente circulen las ediciones impresas de Beethoven este año pandémico, en que incluso librerías y bibliotecas han estado cerradas. En el caso de la obra de Caeyers, personalmente he tenido que leer las 680 páginas en la edición electrónica, por ser tan difícil obtenerla impresa. El esfuerzo y el fastidio han valido la pena. Creo que por mucho tiempo será una obra de referencia junto a la de Solomon. Por otro lado muchas master classes llevadas a cabo en la Juilliard School of Music de New York sobre todo y en la Royal Academy of Music de Londres, han analizado exhaustivamente la parte técnica de muchas de sus obras y están disponibles gratuitamente.
 
Los acercamientos mas recientes a la obra del compositor, optan por una percepción más sociológica de su existencia, contextualizando el momento de la creación y la elaboración de las obras de Beethoven. El producto de estas nuevas investigaciones, suele ser el de descubrir un hombre menos mítico pero igualmente grandioso. Menos profeta, menos héroe pero igualmente genial. Están menos centradas en las anécdotas del músico incomprendido y nos dan herramientas para comprender mejor lo que era, ya en la época, posicionarse como un músico moderno, empresario de sus propias obras, negociando con sus editores y buscando las mejores condiciones para la ejecución y la difusión de sus obras. Mucho se investiga hoy, sobre todo también lo increíblemente visionaria que fue su música, sobre todo la de la fase final, la de las últimas sonatas y los cuartetos de cuerdas, en los cuales la disonancia ya juega un rol importante. Stravinsky puso mucho el acento en ello. Veía en la base rítmica de muchas de las obras de Beethoven, un mundo de una riqueza rítmica desconcertante, algo que con equivalente genialidad solo lograba en algunos de sus mambos el cubano Pérez Prado.
 
Ya, con toda esa masa crítica de información, queda por analizar en forma definitiva la personalidad del genio, para lo cual será necesario tener los talentos de un musicólogo, un historiador y un psicoanalista. Su compleja y rica personalidad, al margen de sus geniales obras, nos hace cuestionarnos sobre cosas esenciales, sobre las más complejas motivaciones del ser humano, nos reenvía a esa bipolaridad intrínseca que hay en el psiquismo humano. Beethoven concentra lo esencial del ser humano, es Ariel y Calibán al mismo tiempo, Fausto y Mefistófeles, es sereno y volcánico, capaz de una ternura y una generosidad sin límites como también en su vida privada capaz de celos, desconfianzas y comportamientos tiránicos incomprensibles. Es realmente difícil imaginar y hasta abstruso cómo paralelamente a esta implosión permanente dentro de sí, pudo crear una obra tan maravillosa y desconcertante. Beethoven más que ningún otro artista, encarna esa contradicción, muchas veces patológica, que llevamos dentro todos los seres humanos.
 
“Menschliche, alzu menschliche (Humano, demasiado humano), esas palabras de Nietzsche, las acuñó pensando sin duda en este hombre genial, en cuya personalidad nos reflejaremos siempre todos, ahora y siempre.
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(1) Frederick Skinner, “ Lenin and the Appassionata affair”. La misma información consta en diversos escritos de Gorki y en una nota dirigida por Lenín a él.
(2) Franz Mehring, “Karl Marx. Historia de una vida”, Buenos Aires.
(3) Manfred van Rey, “Beethoven, Bonn and its citizens”
(4)Andrew Wheaton, “ The Habsburgs”, Penguin Londres 1995
(5) Edgar Morin “Mon Paris, ma memoire” Librairie Artheme Fayard PLURIEL Paris 2013
(6) Maynard Solomon, “Beethoven”, Editorial Javier Vergara, Barcelona 1983
(7) Editha Sterba, “Beethoven and his nephew”, Dobson Editions, 1957
(8) Hans Gal, “El mundo del músico”, Siglo XXI Editores 1985
(9) Jorge Smith, “Liszt, pionero del marketing musical”, Centro de Publicación ORVAL, 2010
(10) Claudio Arrau, Youtube. Entrevistas diversas
(11) Jan Swafford, “Beethoven: tormenta y triunfo”, Editorial El Acantilado 2017
(12) Jan Caeyers, “Beethoven: A life”, University of California Press, 2020