¡Mi vecino Vladimiro Montesinos!

Jue, 08/22/2019 - 13:19 -- alerta
Zully Pinchi Ramírez
 
por Zully Pinchi Ramírez; zullyarlene39@gmail.com
 
23-8-2019
 
En 1997 vivía en la calle Tomasal cerca de la Embajada de Inglaterra, en Surco, en una casa bastante grande, mis dos hermanos, Omar y Negel, estudiaban sus respectivas carreras universitarias, en Los Ángeles y en San Francisco, en Estados Unidos. Aquella casa era interminable, tenía cuatro niveles llenos de lujo con una excelente distribución, sauna, piscina, bar, mesa de billar, muchos salones, habían 5 dormitorios y 7 baños, unos acabados impresionantes, la decoración diferente y estilosa, lámparas de cristal, alfombras persas, pero también había mucha soledad, los sábados de fiesta y los domingos de parrilladas poco a poco fueron disminuyendo.
 
En ese contexto un buen día, sin avisarme, mis padres decidieron que debíamos mudarnos, ya que era importante mantenernos unidos y que quizás un departamento cálido, pequeño y en una zona más céntrica como Miraflores, sería un nuevo comienzo para todos.
 
Mi último verano en esa casa la había pasado en cama, con la incertidumbre de no saber si volvería a caminar o no, por un trágico accidente de auto, que me tuvo cuatro meses en rehabilitación.
 
Cuando llegue a mi nuevo hogar despertaba diariamente a eso de las 6 de la mañana con la voz fuerte de los muchachos de las combis diciendo: “Chorrillos, Huaylas, Metro, La Curva, Los Cedros”, mi dormitorio tenía un espacio más reducido y al principio me sentía como en el aire, pero al salir por el balcón me distraía al mirar la cantidad de personas que pasaban por la Avenida Larco, extranjeros, comercios, buses, taxis y autos a cada instante.
 
Un buen día vi a una mujer muy misteriosa, hermosa, bien vestida con marcas costosas de diseñador, joven, alta, de figura voluptuosa, ella siempre entraba al ascensor desde el estacionamiento del edificio, en todo momento iba escoltada, con la mirada hacia abajo como escondiendo algo, en una oportunidad descubrí que era mi vecina, pero lejos de hacernos amigas, nuestra relación era bastante distante y formal que no pasaba de un seco y frío “Buenos días”.
 
Por aquel tiempo, yo cursaba mis estudios universitarios de derecho y los fines de semana todos los estudiantes salíamos a celebrar el popular “viernes jurídico”, a mí nunca me dejaban llegar después de las dos de la madrugada y una noche en la puerta de mi casa, me encontré con un hombre encapuchado que tenía una metralleta en la mano y fue imposible no dar un grito al cielo y asustarme como si hubiera visto a un fantasma. Al identificarse me comentó que era el guardaespaldas de un personaje muy importante de la política peruana. Mientras discutíamos, salió del 301, un varón de unos cincuenta y cuatro años,  sesenta y tantos kilos, un metro setenta de estatura, con el rostro pálido y la sonrisa nerviosa, un sujeto con una voz pausada, ofreciéndome disculpas por lo sucedido, él no llamó mi atención como la pijama a media pierna con que lo vi: era Vladimiro Montesinos, alias el Doc., que se encontraba frente a mí.
 
Una noche unos periodistas entraron al edificio donde yo vivía y lograron convencer a alguien en mi casa para que los dejara grabar en el interior con el fin de hacer acercamientos a la vivienda de la novia del asesor de Alberto Fujimori, el presidente del partido Cambio 90,  aquél que disolvió el Congreso y que en su accidentada campaña política prometió: Honradez, Tecnología y Trabajo pero ya había explotado al fin la bomba de corrupción.
 
Canal 5 y su programa Panorama, sacaron un reportaje revelador con la exclusividad de haber logrado conocer a la señorita Beltrán pareja sentimental de Montesinos, quien se encontraba casado con la señora Becerra que por cierto, tiempo después, la justicia peruana también encontró pruebas delictivas a las dos damas. La anécdota y sorpresa más grande fue cuando anunciaban la primicia del rostro de doña Jacqueline enfocando uno de mis retratos.
 
A la siguiente semana, pregunté: ¿dónde están mis vecinos? Al ver cientos de efectivos policiales entrar y salir del lugar que albergó por un largo período, a una de las mujeres más singulares del poder político peruano.
 
Inmediatamente se supo de la moto acuática, de la casa de playa, regalos, viajes y los famosos videos del asesor de inteligencia haciendo gala de la devoción a su musa, a la que protegió en cielo, mar y tierra, aquella que lo hizo perder la cabeza, un idilio clandestino donde solo ellos saben si quedaron cenizas, después de un infierno que ardió tan ferozmente.